julio 15, 2026 16:58

El problema de asumir que el puesto es sinónimo de saber

Desde la antigüedad, las sociedades han necesitado jerarquías para organizar el conocimiento, la producción y la vida colectiva. Platón imaginó una ciudad gobernada por filósofos; Aristóteles defendía el orden natural de las cosas; incluso en las estructuras modernas del trabajo, la jerarquía sigue siendo una forma de distribución de funciones. El problema no es su existencia, sino su deformación.

Porque una jerarquía sana ordena; una jerarquía corrompida legitima la superioridad.

Y allí aparece una de las tensiones más profundas del mundo contemporáneo: la confusión entre el conocimiento y el derecho a la humillación.

Se ha instalado, de manera casi imperceptible, una lógica donde el estudio, el cargo o la trayectoria no solo otorgan responsabilidad, sino también una supuesta superioridad moral o humana. Como si el saber acumulado autorizara el tono, la imposición o incluso el atropello.

Pero la filosofía, en su esencia más pura, siempre sospechó de esa deriva.

Sócrates, precisamente el “más sabio” según el oráculo, no se proclamaba superior a nadie. Su método era incómodo no por imponer, sino por preguntar. Su autoridad no residía en la jerarquía, sino en la conciencia de su ignorancia. “Solo sé que no sé nada” no es una frase de modestia ingenua; es una crítica radical a toda forma de poder que se cree absoluto.

En contraste, muchas estructuras contemporáneas han invertido ese principio. Hoy, en algunos espacios laborales y educativos, el título reemplaza el diálogo, y la jerarquía sustituye la escucha. Se confunde autoridad con infalibilidad, y experiencia con derecho a invalidar al otro.

Foucault ya advertía que el poder no solo se ejerce desde la ley o la institución, sino también desde los discursos que definen quién puede hablar y quién debe callar. En ese sentido, el abuso jerárquico no siempre grita; a veces simplemente silencia.

Y ese silencio tiene efectos concretos: la creatividad se reduce, la crítica se castiga, y el pensamiento se disciplina no por convicción, sino por temor.

La generación contemporánea —especialmente la más joven— no está negando la necesidad de estructura. Lo que está cuestionando es la legitimidad del atropello como forma de organización. No rechaza la autoridad, sino la autoridad desprovista de ética.

Kant planteaba que la dignidad humana no tiene precio, porque no es un medio sino un fin en sí mismo. Bajo esa premisa, ninguna jerarquía debería justificar el maltrato, porque en el momento en que lo hace, deja de ser racional y se convierte en dominación.

El verdadero desafío de nuestro tiempo no es eliminar las jerarquías, sino devolverles su sentido original: servir a la organización de la vida colectiva sin degradar la condición humana.

Porque cuando el conocimiento se usa para elevar el ego y no la conciencia, deja de ser sabiduría y se convierte en poder vacío.

Y ningún sistema puede sostenerse indefinidamente sobre la humillación como método.

La historia lo ha demostrado una y otra vez: toda jerarquía que olvida la humanidad termina cuestionada por aquellos que ya no están dispuestos a obedecer sin entender.