Hoy, con el mapa político de Colombia fracturado exactamente a la mitad tras el triunfo de Abelardo de la Espriella y la resistencia civil anunciada por Iván Cepeda, el país ha decidido jugar el mismo juego peligroso. Nos estamos comportando como Atenas y Esparta: dos bandos de casi 13 millones de personas convencidos de que, para que su idea de país viva, la otra mitad debe ser aniquilada. Una civilización culturalmente brillante pero incapaz de superar su fragmentación política.
Para hacer un analisis del panorama político del país me gustaría que volviéramos a la guerra del peloponeso (401-404 a.c) porque pienso que nosotros los individuos no estamos hechos de átomos sino más bien de historias.
Tras unirse con éxito para derrotar al Imperio Persa (un enemigo externo), las dos principales potencias, Atenas (democrática y marítima) y Esparta (oligárquica y militar), se enfrascaron en una guerra civil ideológica y brutal que duró casi 30 años. Se polarizaron a tal punto que fragmentaron todo el mundo griego. La guerra civil dejó a las ciudades griegas agotadas económicamente, desangradas demográficamente y sumidas en un rencor eterno. Al estar tan ocupadas destruyéndose entre sí, no vieron venir la amenaza del norte. En el 338 a.C., el rey Filipo II de Macedonia (padre de Alejandro Magno) las invadió y las derrotó fácilmente en la batalla de Queronea. Grecia perdió su independencia política no por falta de grandeza cultural, sino porque su incapacidad de unirse la hizo débil.
Más adelante, las ligas de ciudades griegas siguieron divididas y peleando internamente. Algunas, por puro rencor a sus vecinas, cometieron el error de aliarse con la emergente República Romana para destruir a sus rivales locales. Roma aceptó gustosa la invitación, se metió en sus asuntos, y terminó absorbiendo y anexando a toda Grecia como una provincia más (Acaia) tras destruir la ciudad de Corinto.
Al igual que los antiguos griegos, los colombianos compartimos la misma bandera, el mismo idioma y el mismo suelo, pero nos hemos fragmentado en dos polis ideológicas irreconciliables de casi 13 millones de ciudadanos cada una.
Si el nuevo gobierno y la oposición insisten en «patear la colmena» del adversario mediante discursos de aniquilación política y desobediencia civil, el resultado no será la victoria de ninguno de los dos modelos, sino el desgaste absoluto del Estado. La historia nos enseña que cuando una sociedad se dedica a devorarse a sí misma desde adentro, termina allanando el camino para que factores externos: la criminalidad transnacional, la crisis económica o la pérdida de soberanía, terminen gobernando sobre las cenizas de su división.
Como colombianos, nuestro mayor error es separarnos a través de etiquetas políticas. Todavía estamos a tiempo de resistir en este país dividido, desafiando a un mundo
hiperconectado e inmediato que pretende transformarnos en seres puramente operativos, autómatas y utilitarios. Aunque el algoritmo exacerbe nuestras diferencias y alimente nuestros sesgos, es menester recordar que compartimos una misma red social y humana. Una red que no debería anular digitalmente la diferencia, sino apostar por el debate intelectual y el pragmatismo. Ese es el verdadero peso que cargamos sobre los hombros: si la sociedad fracasa, fracasamos todos, sin importar el eslogan que hayamos decidido defender.


