julio 15, 2026 17:57

Fritanga, Whatsapp y Andrés

Junio 8 de 2026 -9:30 p.m. Apenas hoy, en la mañana, le escribía por WhatsApp para preguntarle si quería hacer La ruta de Andrés Caicedo y, horas después, me entero…

Si mucho, habrá sido en abril que me lo encontré en Holguines. Estaba en un local de fritanga, acababa de comprar insumos para su trabajo e iba para el café, me comentó. Hablamos de que esos manjares eran una verdadera tentación; le conté que lo había buscado, sin éxito, para invitarlo a la Maratón poética del Valle. Se lamentó. Me dijo que no escribía, pero sí declamaba. Le presenté a mi perrita Dulcinea y fue la última vez. Ahora tengo clavados aquellos ojos, así como un mensaje de voz que reproduzco una y otra vez: “Lorena, un saludo. Muchas gracias, te mando un abrazo”. Y, por fin, le pongo atención a la mariposa que le pintó a mi mamá en una hoja, la tarde que me pareció que le coqueteaba, cuando tomábamos café en el Valparaíso. A lo mejor sí y se volvió aquella historia tan simpática, que a ella sonrojaba, y conté en varias ocasiones sobre cómo el Viejo Gus, por un momento, quiso ser mi padrastro. Entonces, noto más los colores, la caligrafía del nombre: “Amparo”, un pequeño violinista que dibujó, la clave de sol y dicha firma que hoy pesa, dice tanto: “Viejo Gus /2026”. Me culpo por no recordar qué hablamos cuando se acercó a nuestra mesa. Venía a devolverme mi libro, el cual me había hecho sacar del bolso tras mencionárselo. Se había quedado hojeándolo un buen rato.

El viejo Gus me presentó a su jefe para proponerle un taller de escritura, me dio su número, me saludaba, charlaba. Le coqueteó a mi mamá y, a lo mejor, yo chicaneaba. Solo hasta ahora veo lo mítico, lo que realmente era. Aquí, llorando, semisentada en la misma cama desde donde hoy le envié un mensaje; con la mariposa al lado, que, de repente, es un tesoro; me pregunto si tendría que ver con la que toqué hoy, en Unicentro, para comprobar si se movía y no.

“¡Qué buena vida tuvo!”, conversábamos con mi madre, “¡se dedicó a lo que amaba!”. Solo me cuesta creer que aquel encuentro en un puesto de fritanga haya sido el final. Tales fotos que le tomé con ella, confundida, recibiendo el souvenir; ya no son graciosas, sino tristes, increíbles. Entonces, contemplo con más claridad el ideal de dejar huella en las personas. Comprendo que tengo la suerte de cargar con los mencionados recuerdos porque vivo en Cali; y lo haré siempre, pues tuve la suerte de conocerlo; como quien vio a Jovita, al maestro Varela, a Andrés.

Vuelvo a Andrés, que hoy lo recibe.

Grande, viejo Gus.

Por: Lorena Arana