El sol es una plancha de cemento que te cae en la nuca y uno anda por la vida con la urgencia de quemar el cartucho antes de que la noche caiga de golpe. ¿Qué es esta vaina de
la existencia si en un abrir y cerrar de ojos todo se va al carajo? Exacto: nada. Y por eso
mismo es que vale la pena.
Que se vengan los inviernos eternos, los días grises que huelen a humedad y a casete viejo, y
las preguntas sin respuesta que te taladran el cráneo a las tres de la mañana. ¡Bienvenidos
sean! Qué sería de esta esquina del mundo sin la aspereza, sin lo jodida que se pone la ruta
cuando el asfalto quema. El sabor de un ensueño de sangre, con el hocico partido después de
un buen puñetazo en la jeta, y tener la fuerza o la soberbia, qué más da de volverte a
levantar. Esa es la victoria. Esa mueca torcida en la boca, sabiendo que te dieron duro pero
que sigues ahí, respirando nicotina y furia.
Por eso hay que bajarle dos rayitas al arribismo de una vez por todas. ¡Qué pereza los
solemnes, los que se creen dueños de la verdad y caminan pisando huevos! Mejor detenerse
en una esquina a escuchar la acera, a oír el golpe seco de la salsa que sale de una ventana
abierta, y amar lo que más se pueda, sin red de protección, como si cada abrazo fuera el
último acorde de una canción desesperada.
Y si toca romper el molde, si lo ves necesario, sé el primero en lanzar la piedra. No te
guardes nada para el viaje de regreso. Que la vida sea un cortometraje veloz, salvaje y
sinvergüenza, pero vivido con los nudillos pelados y el corazón en la mano.
¿Hablamos?