julio 26, 2026 09:25

La oración

Es la una de la tarde y el sol está brillante. Sonia mira con provocación su closet lleno de prendas ajustadas y tacones. Ahora usa ropa ancha y un sostén que soporte sus tetas hinchadas por la leche. Su pequeño pasa del año, no le gusta la cama, no le gusta el coche, ni el corral, ni los cuidados ni las normas. Sonia, sentada en el piso y con el ventilador casi en la cara ve como el bebé torpe y con su cuerpo regordete juega sobre, debajo y alrededor de ella. Por inercia, le quita las manos del enchufe, donde el niño intenta meter una crayola.

Sonia se tira al piso fresco y ve a su hijo como tras un velo. Musita con fervor una oración, desea poder dormir un poco; en ese mismo momento, el bebé se desvanece lento, suave, como sostenido por algodones y cae en un sueño profundo. Sonia se despabila, asustada recoge a su niño y lo revisa con cuidado, no hay duda, está dormido. Vigila su respiración por unos segundos y lo comprueba una vez más. Se acuesta a su lado y se queda dormida un largo rato.

Reparada, Sonia mira a su hijo, no le buscó la teta durante la siesta; pero él sigue con sus cachetes rosados y respirando tranquilo. Prepara la comida mientras escucha música suave. Hace más de un año, no duerme ni cocina, entregada solo a una tarea. Sonia se acerca al bebé, sigue dormido. Come tranquila, leyendo el final de la novela que había dejado inconclusa antes del parto. Su marido le anuncia que no llegará antes de medianoche. “¿Y el bebé?” pregunta. “Bien, dormido”, dice ella.

Oscurece, Sonia se pregunta si no se le habrá ido la mano con la oración. La invade la culpa, ese sentimiento que nace el mismo día del parto. Intenta despertarlo, pero él sigue igual. Piensa en llamar a su madre, el “te lo dije”, que ella usa tanto, se lo impide. Llama a emergencias: “mi bebé está dormido”, “los niños pequeños duermen, señora”.

Se acerca la media noche, Sonia se acurruca junto a su niño, aún con los ojos cerrados, el bebé busca su pecho y empieza a mamar, la mira con sus ojos brillantes y le susurra, sin soltar el pezón: “amo mamá”. Sonia llora, la cama se convierte en una tina.

Por: Shirley Manrique Bohórquez