marzo 31, 2026 14:38

Volver al arte, volver a lo humano

Cuando era pequeña veía a mi abuela con regueros sobre la mesa del comedor: porcelanicrón, flores de tela, mazapán, dibujos de flores en papel calco que luego serían bordados con paciencia y mil colores. La casa olía a pegante y a café recién hecho. Era una escena tan cotidiana que nunca sospeché que aquello era arte. Para mí era simplemente mi abuela “haciendo cosas”.

Antes de que yo cumpliera los veinte, ella se murió.

Me dejó su máquina de coser.

Me preguntaba por qué me la dejó a mí. A la universitaria que vivía entre fotocopias, a la que apenas se asomó al arte en una clase de historia, a la que no le quedaba bien ni un dobladillo. Durante años pensé que había sido un error. Ahora sospecho que mi abuela sabía hasta leer el futuro.

La vida se me fue dando de acuerdo con el plan: carrera, matrimonio, hijos, trabajo. Todo en orden. Todo correcto. Me metí tanto en ese libreto que terminé creyendo que ese era el final de la historia.

Con un hijo de once años y un bebé de seis meses, nuevo marido, pañales, cuentas y reuniones, entendí algo incómodo: mi vida se había vuelto literal y no literaria. Funcionaba.

De un momento a otro empecé a colarme en clubes de lectura, en talleres de escritura, como quien busca aire. Y ahí apareció una nostalgia feroz por los años que me pasé sin leer, sin escribir, sin hacerme preguntas.

Hace unos meses me inscribí en un curso de dibujo. Descubrí que para delinear el cuerpo humano hay que mirarlo desnudo. Juepucha enredo. Yo, que no podía dibujar derecha ni una bola, tenía enfrente a un hombre en bolas. No terminé el curso. Me dio vergüenza. Me dio risa. Me fui, no sin antes pintar uno que otro mamarracho.

Con todo esto de la tecnología, la perimenopausia, los hijos adolescentes y las noticias que se renuevan cada minuto, he entendido lo que sabía mi abuela: volver al arte no es un lujo, es una necesidad.

Volver a la primaria: planas de cursiva, mezcla de colores, dibujos de casas con techo rojo al lado de un árbol verde que no respeta proporciones.

Volver a algo simple que no se mide en productividad ni en “likes”.

Hacer una pausa. No para subir un estado, ni para demostrar bienestar o buscar un gran “spot”.

Para sentir la humanidad.

Para tocar la mesa del comedor y recordar a mi abuela inclinada sobre sus flores.

Para agradecerle la calma que transmitía sin saber que me estaba enseñando a resistir.

Por: Shirley Manrique Bohórquez