Cada cierto tiempo vuelvo a escuchar la misma palabra, una palabra amarga que resuena en noticieros, periódicos y redes sociales:
| Lamentamos informar que la niña Yuliana Samboní…
| Lamentamos informar que la niña Sofía Delgado…
| Lamentamos informar que la niña Michel Dayana González
| Lamentamos informar que la joven María Camila Potosí y su bebé…
Colombia no se cansa de ser un país experto en lamentarse. Se nos da demasiado bien escuchar a alcaldes y autoridades narrar, una vez más, cómo la Fiscalía y la fuerza pública lograron esclarecer otro hecho lamentable.
Lo triste es que estos lamentos duran poco.
Estamos tan acostumbrados a esto que se nos olvidan estos nombres en pocas semanas. ¿Y cómo recordarlos? Novecientas treinta y dos mujeres y doce mil doscientos setenta y cuatro hombres asesinados en 2025. Cuatrocientos ochenta y tres adolescentes. Cuarenta y cuatro niños. Y cuántos que nunca llegaron siquiera a convertirse en una cifra.
No habría espacio en las tres horas de televisión nacional para cubrir todos estos casos. Solemos lamentarnos más por las mujeres y los niños. Nos hemos acostumbrado tanto a la violencia que el asesinato dejó de sorprendernos. Solo nos escandalizamos con los casos más atroces.
Esta noche he intentado comprender cómo alguien puede reunir a cuatro hombres y convencerlos de asesinar a una joven embarazada de ocho meses para robarle su bebé. No pude encontrar la manera y me estremecí de tan solo pensarlo, de como podría concertarse semejante crueldad.
La memoria colectiva es efímera.
Acompañamos a las víctimas, las únicas que nunca podrán olvidar. El resto de nosotros nos quedamos aletargados durante meses hasta la próxima velatón. Mientras tanto pasamos de largo las historias y los carteles de «se busca». Incluso algunos se atreven a asegurar que el desaparecido está de fiesta.
En cambio, no recuerdo haber visto titulares dedicados al héroe. Un hombre o mujer que decidió acompañar hasta un lugar seguro a una mujer ebria y acosada. Un anónimo que se atrevió a llamar a la policía porque escuchó un abuso. Un profesor que decidió tomar cartas en el asunto en un caso de matoneo. Un trabajador social que evitó que un joven se uniera a una pandilla.
De ellos casi nunca hablamos. Que triste no resaltar y promover historias inspiradoras que nos ayuden como sociedad a entender que tenemos que ayudarnos entre todos. Que la búsqueda de un desaparecido es más efectiva si todos buscamos. Si condenamos al abusador, maltratador o acosador de la misma manera en que condenamos a un feminicida o infanticida.
Condenamos al hombre que dispara por celos a su esposa que ha maltratado por años, pero nunca tenemos el valor de denunciar durante todo ese tiempo.
Vivimos lamentando las tragedias, cuando deberíamos avergonzarnos de nuestra indiferencia y enfocarnos en crear soluciones reales a estas problemáticas para asegurar que nuestros niños, nuestras mujeres, nuestros padres y nuestros hermanos puedan volver a casa..
¿Cuántas vidas habríamos podido cambiar si hubiéramos decidido acompañar, intervenir o simplemente no mirar hacia otro lado? Pero siempre llegamos tarde. Cuando ya es demasiado tarde, cuando solo nos quedan los lamentos.
Por: Andrey
¿Hablamos?