octubre 4, 2026 19:53

El lunes diez, a las 7:34 a.m., mi tía Nancy se encontraba sentada en la cama, algunas vecinas hacían ejercicio, a mi primita Renata la llevaban al jardín; unos mellizos de once años, que llevan mi apellido, empezaban bachillerato; mi amiga Marisol esperaba una cita médica; mi primo Camilo dormía en Tuluá, mientras yo lo hacía en Pereira y mi mamá doblaba unas cobijas en el mismo cuarto.

“¡Vos cómo te vas a acordar del perro! ¡Qué pesar del mío! Menos mal salió corriendo con nosotros”, me decía una conocida por Instagram, tras contarle que yo había agarrado a Mickey, el de mis sobrinos, como primer reflejo.

Mi hermano venía de dejar a los niños en el colegio. Perdió la señal de la radio. Se orilló, ignorando un gran poste cerca de él. Su esposa se dirigía a la casa materna a recoger a unos familiares para llevarlos al aeropuerto y justo detrás iba Julián, el que vive unas casas arriba, en el mismo conjunto. Consuelito, la señora que trabaja donde mi hermano, solo repetía: “¡Mis niñas! ¡Mis niñas!”. Yo veía el carro de mi mamá moverse de lado a lado; ella, la tierra; las tres, con el Pomerania, en la zona verde afuera de la casa. Después, mi madre se quedaría un largo rato apreciando a Pereira toda cubierta de polvo. Cuando el movimiento terminó, yo había notado unos focos; que reconocí, de inmediato, como edificios caídos; gracias a los mil y un videos de Venezuela que había visto en internet.

Mis primos salieron, como locos, de Tuluá rumbo a El Cairo, donde mi tío es notario, tras no tener razón de sus papás. Llegaron hasta Cartago. Él les avisó que estaban bien, en el momento en que pudo llamar. “No vengan por acá, todo está caído”.

Más tarde me enteraría de que a mi tía Helda la habían sacado del apartamento, en Pinares, los vecinos, y acompañado a bajar nueve pisos por las escaleras; que mi prima Doris, en Colorado, lloraba porque no respondíamos los mensajes.

Cuando mi cuñada llegó a donde sus padres, los encontró a todos abrazados en la calle y la vivienda a medio destruir. Entre los daños, se había venido abajo una parte del techo, justo segundos luego de que Gloria, quien los acompaña desde hace alrededor de veinte años, pasara por debajo con Niña, la Shih Tzu; a quien había olvidado, en un primer momento, en el patio.

Es que, horas antes, el sábado, habían sido los quince de mi sobrina, la misma que la mencionada mañana entraba a décimo. Lupe se fue varios días. Luego volvió a vivir en los escombros, con una extraña lealtad gatuna, la de los suegros de mi hermano. Al fin y al cabo, era su casa.

El diez de agosto lloré tres veces, incluyendo al abrir la puerta y encontrar a mi tía, en pijama, solamente con la cartera. Los vecinos la habían llevado. Claro, y cuando llegó Sandrita, con los ojos rojos e hinchados; una de las “niñas” de Consuelito.

La noche anterior vi Pedro Páramo por Netflix y me acosté pensando en la tía Hortín, que murió el 23 de julio.

Estuvimos tres días sin luz ni señal, dieciséis personas, donde mi hermano. La primera vez que me encontré en el espejo del baño, me dije: “Ya tenés un terremoto encima”. Cuando salimos, el miércoles, y me vi en el del carro: una tristeza que ni yo reconocía; que, quizá, no sabía que sentía, que se notaba así.

Gente con el puño arriba, el Tránsito deteniendo carros en la calle para que los apagaran; solo por silencio. Y aquella mirada cómplice a lo largo de las semanas, dicho “ya tenés un terremoto encima” que ya no era únicamente con el espejo, tal alegría de toparse a cualquiera en la calle, el “me alegra verte” más sincero. La misma escena repitiéndose, una y otra vez, antes de dormir. La obsesión posterior, los videos de YouTube que tanto bloqueo y vuelven a salir.

El lunes diez de agosto tenía una blusa gris con un pantalón animal print para dormir. Lo recuerdo, como la ropa que llevaba el día que murió mi padre.

“Todos tenemos algo de trauma ahora mismo”, me dijo la psicóloga y yo sintiendo que me pongo el temblor junto con la pijama. “El temblor”, digo, evitando el término completo, real; porque es que, si lo digo, de pronto, lo invoco.

Volvimos a Cali a la semana, pues avisaron que el daño en nuestra torre no era estructural. Gracias a Dios por tanto. Casi me muero del susto la vez que me tocó subir al edificio de colores a acompañar a mi mamá a una cita.

En el apartamento se cayeron las cenefas, una matera; se quebró el sanitario, se inundó.

 

Terremoto.

 

Por: Lorena Arana