Crash no es una película sobre racismo. La película de Paúl Haggis pone en igualdad de condiciones a grupos sociales con
territorios y vidas delimitadas en una ciudad dispersa y acelerada como Los Ángeles. Es de este choque entre espacios y lenguajes, entre sicologías y patologías, de donde surge una historia contundente en los personajes y sus dramas.
El valor de la película radica en el mensaje que se atreve a emitir a una sociedad como la norteamericana, inundada de miedos y odios frente al que sea diferente: la doctrina de cero tolerancia, avalada por la guerra contra el terrorismo. Y el mensaje también recae en una sociedad como la nuestra, cada día más cercana a la doctrina gringa, y con una tradición basada en principios bastante clasistas.
No puede negarse que la capacidad de la película para juzgar a unos, perdonar a otros, después volver a juzgarlos, para luego volver a identificarnos con ellos, nos hace ver que la concepción de lo bueno y lo malo surge de una relatividad bastante compleja: todos somos buenos y somos malos, las situaciones nos hacen así y muchas veces ni nos damos cuenta. Razón tenía Freud en decir que la inconciencia lo es todo.
Una película necesaria en estos tiempos en que todo sabe a enemigo y terrorismo. Además, una oportunidad de confrontarnos y darnos cuenta que todos estamos hechos de paranoia y desconfianza; igualmente un relato tranquilo, divertido y sensato.
Dirección: Paul Haggis.
Estados Unidos
2005.











