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><channel><title>El Clavo &#187; Alberto Salcedo Ramos</title> <atom:link href="http://www.elclavo.com/columnistas/alberto-salcedo-ramos-columnistas/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" /><link>http://www.elclavo.com</link> <description>Periodismo Juvenil</description> <lastBuildDate>Fri, 18 May 2012 14:26:09 +0000</lastBuildDate> <language>en</language> <sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod> <sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency> <generator>http://wordpress.org/?v=3.2.1</generator><itunes:summary>El Clavo. Periodismo Juvenil</itunes:summary> <itunes:author>Rach</itunes:author> <itunes:explicit>clean</itunes:explicit> <itunes:image href="http://www.elclavo.com/wp-content/plugins/powerpress/itunes_default.jpg" /> <itunes:owner> <itunes:name>Rach</itunes:name> <itunes:email>ana.nunez@elclavo.com</itunes:email> </itunes:owner> <managingEditor>ana.nunez@elclavo.com (Rach)</managingEditor> <copyright>2008-2009</copyright> <itunes:subtitle>http://www.apple.com/itunes/overview/</itunes:subtitle> <itunes:keywords>Periodismo,Juvenil,Opinion,Entrevistas,Colombia,Politica,Actualidad,Musica,Libros,Literatura</itunes:keywords> <image><title>El Clavo &#187; Alberto Salcedo Ramos</title> <url>http://www.elclavo.com/wp-content/uploads/powerpress/CLAVO_EN_RADIOok.jpg</url><link>http://www.elclavo.com/columnistas/alberto-salcedo-ramos-columnistas/</link> </image> <itunes:category text="Arts"> <itunes:category text="Literature" /> <itunes:category text="Design" /> </itunes:category> <itunes:category text="Education"> <itunes:category text="Education Technology" /> </itunes:category> <item><title>Ética de doble filo</title><link>http://www.elclavo.com/columnistas/alberto-salcedo-ramos-columnistas/etica-doble-filo/</link> <comments>http://www.elclavo.com/columnistas/alberto-salcedo-ramos-columnistas/etica-doble-filo/#comments</comments> <pubDate>Wed, 30 Sep 2009 20:30:31 +0000</pubDate> <dc:creator>Alberto Salcedo Ramos</dc:creator> <category><![CDATA[Alberto Salcedo Ramos]]></category> <category><![CDATA[Edición 47]]></category> <category><![CDATA[Colombia]]></category> <category><![CDATA[director]]></category> <category><![CDATA[etica]]></category> <category><![CDATA[norman sims]]></category> <category><![CDATA[noticias]]></category> <category><![CDATA[Periódico]]></category> <category><![CDATA[periodismo]]></category> <category><![CDATA[Presidente]]></category> <category><![CDATA[Soborno]]></category><guid
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class="alignleft size-full wp-image-7831" title="salcedoRamos" src="http://www.elclavo.com/wp-content/uploads/2009/09/salcedoRamos.jpg" alt="salcedoRamos" width="300" height="343" />Parodiando a Joseph Goebbels, aquel legendario carnicero del nazismo alemán, se podría afirmar que algunos periodistas, cuando oyen hablar de ética, sacan su pistola. Les molesta el tema, será porque lo consideran peligroso.</p><p>Creo que en Colombia siempre ha estado sesgado el debate sobre la ética periodística. Se ha dicho que en muchos lugares, especialmente en las ciudades pequeñas, hay reporteros rasos que se pervierten porque combinan su función periodística con la de vendedores de publicidad. Eso es cierto. Se ha dicho que abundan los periodistas que en la claridad redactan noticias y en la oscuridad extienden la palma de la mano para recibir un cheque ignominioso por sus servicios mercenarios. Eso también es cierto. Se ha dicho que hay informadores a sueldo de personajes dudosos. ¡Cierto, mil veces cierto!</p><p>Nada justifica – se repite una y otra vez – que un reportero se corrompa. Los salarios miserables que pagan muchos periódicos, con todo y que son injustos, no le dan luz verde a nadie para envilecerse, ni para menospreciar la profesión, ni para pisotear los derechos de los lectores. Pobre del periodista que sólo piensa en la justicia de su estómago. Sí, claro, sus necesidades y las de su familia merecen toda la consideración del mundo, pero no valen más que el derecho de la mayoría a ser informada con veracidad, con rigor y con respeto. Quienes esgrimen los malos sueldos como argumento para aceptar dádivas de las fuentes o para poner sus necesidades particulares por encima del interés público, no merecen ejercer la profesión. ¡Así de simple! Si el periodismo les parece desventajoso, ¿por qué insisten? ¡Pónganse a comerciar limones, o barran parques, o vendan refrescos en la playa! Pueden jurar que no me refiero a estos oficios en forma despectiva: al contrario, realizarlos con dignidad es preferible a ser un periodista que, en aras de una inconformidad mal asumida, hipoteca su conciencia.</p><p>El periodista que no piensa en los beneficios del público sino en los intereses de sus fuentes, es comparable con el médico que practica abortos clandestinos, con la enfermera que se roba los instrumentos quirúrgicos del hospital, con el policía que aprovecha su investidura para delinquir, o con el abogado litigante que se tuerce. La ética profesional, repito, no es un asunto de estómago. Es observar unas normas de conducta que garantizan el respeto de los derechos de la sociedad. Nada más y nada menos.<br
/> Todas estas impresiones han sido ampliamente comentadas. Y también se ha dicho hasta la saciedad que los malos salarios – aunque no justifican la corrupción – sí influyen en ella. Sería ingenuo pretender lo contrario.<br
/> Lo que no se ha dicho, en cambio, es que las faltas contra la ética no son un pecado exclusivo de reporteros famélicos y mal pagos. También las cometen algunos de cuello blanco o de estrato seis. Mientras esto no se diga, el debate sobre la ética será incompleto y tramposo. No propongo polarizar la discusión en términos clasistas y bizantinos. Tampoco propongo justificar el problema diciendo que está generalizado. Ya lo decían las abuelas: “mal de muchos, consuelo de tontos”. Creo, sin embargo, que mirar el asunto en su verdadero contexto, es un acto de elemental sensatez.</p><p>Conozco el caso del director de un periódico de provincia que escribía editoriales bobalicones en primera página, sólo para saludar al Presidente de la República cuando éste llegaba a la ciudad. El pago de este servicio fue un cargo burocrático para uno de sus hijos. He visto directivos de medios de comunicación con hermanos favorecidos burocráticamente, en Colombia o en el exterior. Los he visto como ministros, como contratistas públicos, como consejeros, como embajadores. Y también he conocido a algunos que utilizan sus columnas como navajas afiladas para atacar al gobernante, pero en cuanto les ofrecen un puesto se convierten en borregos de espanto. Entendámonos, entonces: ¿Cuando la falta la comete un reportero raso es una indelicadeza pero cuando la comete un pez gordo es un “servicio a la patria”?</p><p>A principios de los años 90, El Tiempo utilizó en un editorial la metáfora de “la puerta giratoria” para señalar que había una demarcación estricta entre la carrera política y la vocación periodística. Esa puerta, según el editorial, no tenía retorno. Es válido que un periodista la atraviese, pero no que – una vez se le acaba la chanfaina – se devuelva a la sala de redacción o a la columna habitual, como si nada. Y menos que salte permanentemente de un lado al otro, como una cínica pelota de ping pong. ¿Me van a decir que no han conocido ustedes a trapecistas de esta índole?</p><p>Para que empecemos a hablar de ética en una forma coherente, es necesario partir de una premisa justa: todas las faltas – y no sólo unas cuantas – son condenables. Bien dijo Norman Sims, que los periodistas han olvidado su deber esencial de servirle a la gente, por andar pendientes de las migajas que sobran en el pastel del poder.</p><div
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isPermaLink="false">http://www.elclavo.com/?p=20149</guid> <description><![CDATA[Parodiando a Joseph Goebbels, aquel legendario carnicero del nazismo alemán, se podría afirmar que algunos periodistas, cuando oyen hablar de ética, sacan su pistola. Les molesta el tema, será  porque lo consideran peligroso. Creo que en Colombia siempre ha estado sesgado el debate sobre la ética periodística. Se ha dicho que en muchos lugares, especialmente [...]]]></description> <content:encoded><![CDATA[<p><a
rel="attachment wp-att-20150" href="http://www.elclavo.com/impreso/etica-de-doble-filo/attachment/salcedoramos-4/"><img
class="alignleft size-medium wp-image-20150" title="salcedoRamos" src="http://www.elclavo.com/wp-content/uploads/2011/06/salcedoRamos-250x285.jpg" alt="" width="250" height="285" /></a>Parodiando a Joseph Goebbels, aquel legendario carnicero del nazismo alemán, se podría afirmar que algunos periodistas, cuando oyen hablar de ética, sacan su pistola. Les molesta el tema, será  porque lo consideran peligroso.</p><p>Creo que en Colombia siempre ha estado sesgado el debate sobre la ética periodística. Se ha dicho que en muchos lugares, especialmente en las ciudades pequeñas, hay reporteros rasos que se pervierten porque combinan su función periodística con la de vendedores de publicidad. Eso es cierto. Se ha dicho que abundan los periodistas que en la claridad redactan noticias y en la oscuridad extienden la palma de la mano para recibir un cheque ignominioso por sus servicios mercenarios. Eso también es cierto. Se ha dicho que hay informadores a sueldo de personajes dudosos. ¡Cierto, mil veces cierto!</p><p>Nada justifica – se repite una y otra vez – que un reportero se corrompa. Los salarios miserables que pagan muchos periódicos, con todo y que son injustos, no le dan luz verde a nadie para envilecerse, ni para menospreciar la profesión, ni para pisotear los derechos de los lectores. Pobre del periodista que sólo piensa en la justicia de su estómago. Sí, claro, sus necesidades y las de su familia merecen toda la consideración del mundo, pero no valen más que el derecho de la mayoría a ser informada con veracidad, con rigor y con respeto. Quienes esgrimen los malos sueldos como argumento para aceptar dádivas de las fuentes o para poner sus necesidades particulares por encima del interés público, no merecen ejercer la profesión. ¡Así de simple! Si el periodismo les parece desventajoso, ¿por qué insisten? ¡Pónganse a comerciar limones, o barran parques, o vendan refrescos en la playa! Pueden jurar que no me refiero a estos oficios en forma despectiva: al contrario, realizarlos con dignidad es preferible a ser un periodista que, en aras de una inconformidad mal asumida, hipoteca su conciencia.</p><p>El periodista que no piensa en los beneficios del público sino en los intereses de sus fuentes, es comparable con el médico que practica abortos clandestinos, con la enfermera que se roba los instrumentos quirúrgicos del hospital, con el policía que aprovecha su investidura para delinquir, o  con el abogado litigante que se tuerce. La ética profesional, repito, no es un asunto de estómago. Es observar unas normas de conducta que garantizan el respeto de los derechos de la sociedad. Nada más y nada menos.</p><p>Todas estas impresiones han sido ampliamente comentadas. Y también se ha dicho hasta la saciedad que los malos salarios – aunque no justifican la corrupción – sí influyen en ella. Sería ingenuo pretender lo contrario.</p><p>Lo que no se ha dicho, en cambio, es que las faltas contra la ética no son un pecado exclusivo de reporteros famélicos y mal pagos. También las cometen algunos de cuello blanco o de estrato seis. Mientras esto no se diga, el debate sobre la ética será incompleto y tramposo. No propongo polarizar la discusión en términos clasistas y bizantinos. Tampoco propongo justificar el problema diciendo que está generalizado. Ya lo decían las abuelas: <em>“mal de muchos, consuelo de tontos”</em>. Creo, sin embargo, que mirar el asunto en su verdadero contexto, es un acto de elemental sensatez.</p><p>Conozco el caso del director de un periódico de provincia que escribía editoriales bobalicones en primera página, sólo para saludar al Presidente de la República cuando éste llegaba a la ciudad.  El pago de este servicio fue un cargo burocrático para uno de sus hijos. He visto directivos de medios de comunicación con hermanos favorecidos burocráticamente, en Colombia o en el exterior. Los he visto como ministros, como contratistas públicos, como consejeros, como embajadores. Y también he conocido a algunos que utilizan sus columnas como navajas afiladas para atacar al gobernante, pero en cuanto les ofrecen un puesto se convierten en borregos de espanto. Entendámonos, entonces: ¿Cuando la falta la comete un reportero raso es una indelicadeza pero cuando la comete un pez gordo es un “servicio a la patria”?</p><p>A principios de los años 90, <em>El Tiempo</em> utilizó en un editorial la metáfora de “la puerta giratoria” para señalar que había una demarcación estricta entre la carrera política y la vocación periodística. Esa puerta, según el editorial, no tenía retorno. Es válido que un periodista la atraviese, pero no que – una vez se le acaba la chanfaina – se devuelva a la sala de redacción o a la columna habitual, como si nada. Y menos que salte permanentemente de un lado al otro, como una cínica pelota de <em>ping pong</em>. ¿Me van a decir que no han conocido ustedes a trapecistas de esta índole?</p><p>Para que empecemos a hablar de ética en una forma coherente, es necesario partir de una premisa justa: <em>todas </em>las faltas – y no sólo unas cuantas – son condenables.  Bien dijo Norman Sims,  que los periodistas han olvidado su deber esencial de servirle a la gente, por andar pendientes de las migajas que sobran en el pastel del poder.</p><div
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isPermaLink="false">http://www.elclavo.com/?p=6597</guid> <description><![CDATA[En la infancia pensaba que Ledia Ramos Quiroz, mi madre, era mayor que mi abuelo. Supongo que mi impresión se debía a que ella, con sus 175 centímetros de estatura y su aire de mando, parecía empequeñecer todo lo que la rodeaba. Yo alardeaba frente a mis primos: les decía que mi madre era tan [...]]]></description> <content:encoded><![CDATA[<p><a
class="highslide" onclick="return vz.expand(this)" rel="attachment wp-att-6598" href="http://www.elclavo.com/articulos/opinion/verdades-de-mi-madre/attachment/salcedoramos-2/"><img
class="alignleft size-thumbnail wp-image-6598" title="salcedoRamos" src="http://www.elclavo.com/wp-content/uploads/2009/07/salcedoRamos-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></a>En la infancia pensaba que Ledia Ramos Quiroz, mi madre, era mayor que mi abuelo. Supongo que mi impresión se debía a que ella, con sus 175 centímetros de estatura y su aire de mando, parecía empequeñecer todo lo que la rodeaba.</p><p>Yo alardeaba frente a mis primos: les decía que mi madre era tan inteligente que no necesitó nacer niña y por eso había sido grande desde chiquita. Todo lo suyo era serio, desde el color de sus ensaladas hasta el diseño de la ropa que nos compraba: camisas grises para mí, faldas hasta los tobillos para mi hermana. A ella no le gustaban ni el ruido, ni la histeria, ni las parejas que se besaban en la calle, ni los niños que se sentaban a la mesa sin lavarse las manos, ni las mujeres que llamaban siete veces diarias a la casa del novio, ni los hombres que se descamisaban en público.</p><p>Todavía hoy me parece que su sentido del deber era dramático y en algunos casos hasta desconsiderado con ella misma. También se me antojaba excesivo el rigor con el que solía entregarse a la búsqueda de la verdad, aun en los casos en que esa verdad podía resultarle adversa o dolorosa. Mi madre era incapaz de regalar un piropo en el que no creyera. Mi madre odiaba el engaño, así éste se mimetizara en un objetivo aparentemente razonable, como el de amortiguar la calamidad con una pirueta del lenguaje. Mi madre jamás se ponía capuchón para expresar —siempre en voz alta y sin rodeos— sus opiniones. Más de dos veces la vi correr el riesgo de decir la verdad incómoda a la que los demás le temían, simplemente porque para ella, ninguna mentira era piadosa.</p><p>Cuando le salieron las canas, cuando le nacieron los primeros nietos, aprendió —cautelosa, sabia— a manejar sus propias intolerancias, para no sufrir a costa de ellas ni fastidiar a las demás personas con sus reclamos. Ya no perdía el tiempo amonestando a los ruidosos con una mirada fulminante, como en el pasado, sino que se apartaba del escándalo, en busca de una trinchera donde poner a salvo su tranquilidad.</p><p>En el centro de todo ese sentido sico-rígido del orden, mi madre era un melocotón que se deshacía en el paladar: nos hacía cosquillas hasta sacarnos las lágrimas, nos escondía un juguete cualquiera y nos retaba a que lo encontráramos, mientras iba repitiendo en voz alta las palabras <em>“frío”</em>, <em>“tibio”</em>, <em>“caliente”</em>, según estuviéramos lejos o cerca de lograr el objetivo; nos daba un confite de almendra por cada beso sonoro que estampáramos en sus mejillas. Si yo pudiera morir acostado en mi cama mientras contemplo los arabescos de las telarañas en el techo, y si tuviera, además, la oportunidad de elegir en ese momento la imagen con la cual quisiera irme de este mundo, escogería el siguiente recuerdo. Veinticuatro de diciembre de 1973. Yo tenía diez años. Estaba estrenando un pantalón blanco de lino que mi madre me había regalado ese mismo día, por la tarde, con una de sus advertencias favoritas: <em>“Ya sabes, mijo, este pantalón es muy elegante. Trátalo como si fuera un arreo de la iglesia”.</em></p><p>Sin embargo, esa noche, en vez de andarme con remilgos para proteger el pantalón como ella proponía, me fui a merodear por el cine de Arenal, el pueblo en el que vivíamos. La calle, que en aquel tiempo no había sido pavimentada, era una polvareda de espanto debido a la aglomeración de gente. La muchedumbre estaba reunida alrededor de una mesa de madera rústica, sobre la cual giraba una ruleta llena de números. Yo me quedé fascinado frente a los colores de la rueda, frente al sonido que producía cuando rotaba, frente a los alaridos tremendos de los adultos. Me impresionaba —supongo— el poder imprevisible del azar. Entonces me animé a apostar los cinco pesos que me había regalado mi tío Gonzalo y, para mi sorpresa, gané: de un solo tirón resulté embolsándome treinta y cinco pesos. Con las ganancias compré, entre otras cosas, una empanada de huevo para obsequiársela a mi madre. Estaba tan embriagado por el sabor del triunfo, que me guardé la empanada en el bolsillo izquierdo del pantalón. Mientras corría desbocado hacia la casa, sentía la sensación de llevar en el muslo un tizón prendido. En cuanto llegué, mi madre notó, aterrorizada, el círculo amarillento de grasa que había convertido mi pantalón, mi fino pantalón, en un trapo de miseria. En seguida corrió hacia mí con el rostro transfigurado por la furia. Era evidente que se aprestaba a troncharme la cabeza. En ese momento me saqué el paquete del bolsillo y le dije: <strong>“Mira lo que te compré, mami”. <span
style="font-weight: normal;">Su semblante pasó sin ninguna transición de la rabia al regocijo. Me besó en la frente una y otra vez, me apretó emocionada contra su pecho, los ojos llorosos, la risa alborozada, como celebrando de golpe la ruina del pantalón, solo porque le permitía recibir aquel detalle cariñoso de su hijo bruto. A menudo, cuando las cosas no van bien para mí, me aferro a este recuerdo estremecedor como el náufrago al salvavidas.</span></strong></p><p>En mayo del año 2000, cuando me enteré de que mi madre padecía cáncer de páncreas, le rogué a los médicos que le ocultaran la verdad. Quería evitar que el susto la matara antes que la enfermedad. Los médicos desoyeron mis súplicas y le aventaron la mala noticia de un modo que a mí se me antojó demasiado brutal. Ella se impresionó mucho, lloró, rezó, dijo que quería seguir viva. Sin embargo, no resistió la cirugía que le practicaron. A veces creo que no la mató el bisturí sino la angustia de saber que estaba gravemente enferma. Entonces repruebo al doctor que, en contra de mi voluntad, se atrevió a contarle el mal que tenía. Pero al final termino entendiendo que mi madre, mujer de una sola pieza hasta el último aliento, no hubiera aceptado ni siquiera esa mentira.</p><div
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data-text="Las verdades de mi madre" data-url="http://www.elclavo.com/articulos/opinion/verdades-de-mi-madre/">Tweet</a></div></div><div
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isPermaLink="false">http://www.elclavo.com/?p=5024</guid> <description><![CDATA[Según palabras textuales de la académica española Teresa Imízcoz, “a menudo las historias verdaderas resultan más exóticas que las inventadas”. Quiero empezar por este punto porque creo que en la obra de Gabriel García Márquez “la verdad” y “la mentira” tienen implicaciones complejas que no se pueden abordar con juicios simplistas. Se trata de conceptos [...]]]></description> <content:encoded><![CDATA[<p>Según palabras textuales de la académica española Teresa Imízcoz, <em>“a menudo las historias verdaderas resultan más exóticas que las inventadas”</em>. Quiero empezar por este punto porque creo que en la obra de Gabriel García <span
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class="alignleft size-full wp-image-5025" title="salcedoramos" src="http://www.elclavo.com/wp-content/uploads/2009/06/salcedoramos.jpg" alt="salcedoramos" width="300" height="343" />Márquez “la verdad” y “la mentira” tienen implicaciones complejas que no se pueden abordar con juicios simplistas. Se trata de conceptos que, en su caso, abarcan mucho más de lo que sugieren las apariencias y, por tanto, suelen ser engañosos. El García Márquez novelista parece reportero porque es verosímil y el García Márquez periodista parece fabulador porque es imaginativo en sus enfoques y tiene el olfato adiestrado para encontrar los ángulos más sorprendentes de la realidad. Dicho de otra manera, el escritor nos resulta creíble aunque haga levitar a sus personajes, aunque las balas de sus relatos puedan partir a un caballo por la cintura y aunque nos diga, con la mayor impunidad del mundo, que a las mujeres de un pueblo costero les basta con verle la cara a un náufrago para saber que se llama Esteban. El cronista, en cambio, nos cuenta historias ciertas que parecen irreales, como la vida del revolucionario argentino Patricio Kelly, que se escapó de la cárcel vestido de mujer y luego dormía en el cementerio, al lado de las tumbas, porque sabía que a ningún policía se le ocurriría buscarlo allí. O como el caso del ex combatiente de Corea que, asfixiado por las penurias económicas, no tuvo más opción que empeñar sus condecoraciones de guerra.</p><p>Los relatos literarios de García Márquez, aun los más ocurrentes y delirantes, se nos antojan verdades indiscutibles. Y su periodismo, aun el más urgente y realista, a veces nos parece ficción. He allí una primera señal de su maestría: en la literatura es verosímil para que el lector, aparte de disfrutar su relato, se lo crea. Y en el periodismo es creativo porque ambiciona añadirle a la responsabilidad de informar, la de generar placer estético. Sabe, además, que los datos básicos no cuentan toda la verdad: es necesario recrear la atmósfera, explorar la psiquis de los personajes, buscar el detalle asombroso. Ir, en suma, más allá de lo evidente. Muchos ortodoxos reducen las calamidades al número de víctimas y a la cuantificación de los daños materiales: García Márquez incluye también los presagios de la gente, sus corazonadas, la motivación de sus acciones, las rarezas del azar, la influencia del entorno, y suele ver los destinos en perspectiva, saltando hacia delante y hacia atrás, de modo que más que narrarnos un hecho, lo que hace es mostrarnos un universo amplio, donde cada ser es importante en sí mismo y a través de sus relaciones con los demás elementos.</p><p>Los reportajes de García Márquez son verdaderos no solamente porque nos entreguen los datos indispensables, sino, porque son una representación de la vida: abarcan una realidad más amplia. Desde ese punto de vista, García Márquez es lo que, según el periodista Julio Villanueva Chang, debe ser todo cronista que se respete: un traductor de significados profundos. Uno lo lee no sólo para informarse sino, además, para comprender.</p><p>No hay que esforzarse demasiado para descubrir que el periodismo fue el taller en el cual García Márquez pulió su prosa y empezó a decantar algunas de sus obsesiones temáticas, como, por ejemplo, lo real maravilloso, la soledad del poder, las nostalgias, las guerras civiles y los enigmas del destino. En sus novelas y crónicas, hay varias recurrencias comunes. El escritor, obviamente, le aportó mucho al cronista, tanto en su estética formal como en el hallazgo de los enfoques y las estructuras narrativas. Lo adiestró en el uso de la sentencia reveladora y contundente, de la hipérbole extraordinaria; le enseñó a dosificar las cargas dramáticas, para que las narraciones resultaran más eficaces, le ayudó a descubrir el valor de la atemporalidad y la universalidad, dos de las virtudes superiores de su obra. Le sirvió para aprender a magnificar lo simple y hacer cotidiano lo grandioso.</p><p>Por todo eso, sin duda es nuestro mago mayor. Muchos pueden contar bien una historia, pero sólo él ha sido capaz de crear un universo personal fácil de identificar desde la primera hasta la última línea.</p><p>Quiero despedir este breve tributo con una anécdota deliciosa típica del universo garciamarquiano. Un poco antes de morir, centenaria y achacada por el Mal de Alzheimer, doña Luisa Santiaga Márquez, su madre, tuvo una ocurrencia estupenda, que hizo pensar a sus contertulios que el fruto no cae lejos del árbol. Resulta que su hija Ligia invitó a algunos vecinos para reírse un poco de la desmemoria de doña Luisa.</p><p>— Mamá — le dijo —. ¡A que usted no sabe quién soy yo!<br
/> La respuesta de doña Luisa fue un ramalazo del mejor humor.<br
/> — Caramba, ¡no lo sabes tú y lo voy a saber yo!</p><div
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isPermaLink="false">http://www.elclavo.com/?p=4425</guid> <description><![CDATA[Paulo VI En 1968, cuando el Papa Paulo VI se aprestaba a viajar a Bogotá, les anunció a sus futuros anfitriones que visitaría un barrio pobre. En un telegrama escueto les ordenó a sus súbditos de la iglesia católica en Colombia, escoger el lugar más paupérrimo de la ciudad para oficiar una misa campal. La [...]]]></description> <content:encoded><![CDATA[<p><strong>Paulo VI</strong></p><p>En 1968, cuando el Papa Paulo VI se aprestaba a viajar a Bogotá, les anunció a sus futuros anfitriones que visitaría un barrio pobre. En un telegrama escueto les ordenó a sus súbditos de la iglesia católica en Colombia, escoger el lugar más paupérrimo de la ciudad para oficiar una misa campal.<span
id="more-4425"></span></p><p><img
class="alignleft size-full wp-image-4426" title="salcedo" src="http://www.elclavo.com/wp-content/uploads/2009/04/salcedo.jpg" alt="salcedo" width="433" height="249" />La intención del Papa fue publicada en un periódico de circulación nacional. Entonces,  en muchas zonas deprimidas de Bogotá se desató una campaña encaminada a demostrar la miseria suficiente para garantizar el honor de la visita papal. Los líderes de un área de invasión que se había formado hacía pocos años, bautizaron su barrio con el nombre de Venecia, porque creían que el sumo pontífice era natural de esa ciudad italiana (en realidad, nació cerca de Brescia). Fue un gesto oportunista pero ingenuo, encaminado a seducir al ilustre visitante.<br
/> De cualquier manera, el barrio Venecia resultó favorecido. En vísperas del viaje, el Papa les solicitó a sus acólitos en Bogotá que eligieran a dos familias pobres, para visitarlas. Los escogidos fueron los Pinzón y los Liévano.</p><p>En el sector la vida cambió notablemente después de aquel acontecimiento. Las casas de los Pinzón y de los Liévano eran asaltadas frecuentemente por hordas de peregrinos, que escarbaban la arena de las terrazas y la echaban en costales, con el argumento de que esa tierra santa era de Dios y, por tanto, de toda la Humanidad. Cuando alguien de cualquiera de las dos familias estrenaba ropa, no faltaba el que decía, maliciosamente: “míralos: se están gastando la plata que les dejó el Papa”.</p><p>La presencia de Paulo VI en Venecia propició el surgimiento de un paganismo que se prolongó durante varios años.</p><p><strong>Kennedy</strong></p><p>Argenil Plazas García, un campesino nacido en 1917, llegó a Bogotá a finales de los años 50. Venía huyendo de su pueblo natal, ubicado en la provincia del Tolima, donde había sido víctima de cinco atentados terroristas. En Bogotá, como desplazado, durmió bajo los puentes y aguantó hambre. En 1961 tuvo una fama efímera, gracias a que, por azar, fue seleccionado como el propietario de la primera casa de la Urbanización Kennedy. Las llaves del inmueble le fueron entregadas por los presidentes John F. Kennedy, de Estados Unidos, y Alberto Lleras, de Colombia.<br
/> En 1963 fue invitado a la Casa Blanca, como beneficiario del programa Alianza Para el Progreso. La prensa colombiana le dio entonces un tratamiento de héroe: lo acompañó, paso a paso, en el viaje; lo consultó sobre lo divino y lo humano (y el pobre hombre ni siquiera sabía leer), lo convirtió en noticia diaria de primera página. Poco meses después de aquel periplo de comedia, John F. Kennedy sería asesinado en una calle de Dallas. El azar puso a Plazas en una situación que él no eligió. Y que, ciertamente, le cambió la vida tanto a él como a sus 16 hijos, ya que desde entonces tuvo techo propio y además ingresó en los anales del Congreso de Estados Unidos. Todavía hoy, a los 90 años, Argenil Plazas es asediado por los periodistas cada vez que se cumple un nuevo aniversario del magnicidio de Kennedy.</p><p><strong>Clinton</strong></p><p>En 2001, cuando el presidente estadounidense Bill Clinton vino por primera vez a Colombia, tenía entre sus propósitos inaugurar una vivienda fiscal en el Barrio Chiquinquirá, de Cartagena. Al lado de donde estaría el imponente palacio de justicia, se encontraba una casucha miserable habitada por  Antonia Sarmiento, ama de casa de 85 años.</p><p>A nuestro gobierno jamás le había interesado la suerte de la señora Sarmiento, pero esa vez consideró vergonzoso que el presidente Clinton fuera a ver tamaño cuchitril. Así que en un tiempo récord de tres días demolió la casucha y le construyó a la anciana, con materiales prefabricados, una casa digna.</p><p>Antonia Sarmiento asistió al evento oficial, pese a que nadie la invitó. Comió torta y bailó cumbia, y no le dio las gracias al presidente de Colombia, Andrés Pastrana, sino a Bill Clinton.</p><p>Tres historias distintas y un solo país verdadero. Un país habitado por perdedores que a ratos viven su drama como si fuera una comedia. Un país de anfitriones que, para guardar las apariencias, se preocupan más por sugestionar al visitante que por sanear verdaderamente la casa. Tres historias breves que, en el ropaje del folclor, esconden la misma injusticia de siempre.</p><div
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isPermaLink="false">http://www.elclavo.com/?p=3824</guid> <description><![CDATA[Cuando descubrí a Ricardo Arjona en la televisión, lo que más me impresionó no fue la tontería de sus versos sino el engreimiento con el que los cantaba: “Hay pingüinos en la cama / por el hielo que provocas / si hace un mes que no me tocas”. “Patético”, pensé, y en seguida supuse que [...]]]></description> <content:encoded><![CDATA[<p>Cuando descubrí a Ricardo Arjona en la televisión, lo que más me impresionó no fue la tontería de sus versos sino el engreimiento con el que los cantaba: “Hay pingüinos en la cama / por el hielo que provocas / si hace un mes que no me tocas”.<span
id="more-3824"></span></p><p><a
href="http://www.elclavo.com/wp-content/uploads/2009/03/arjona_pinguino1.jpg"><img
class="alignleft size-medium wp-image-3825" title="arjona_pinguino1" src="http://www.elclavo.com/wp-content/uploads/2009/03/arjona_pinguino1.jpg" alt="" width="292" height="280" /></a>“Patético”, pensé, y en seguida supuse que un adefesio de ese calibre desaparecería pronto de la escena, borrado por la industria discográfica u olvidado por el público. Además, me dije, si acaso se le diera por seguir cantando sería imposible que compusiera una majadería peor que esa de los pingüinos en la cama, porque la estupidez tiene un límite y él, seguramente, acababa de alcanzarlo. En cuanto a los dos primeros pronósticos, me equivoqué de cabo a rabo: el tipo, aparte de ser mimado por su compañía disquera, ha recibido los favores de miles de personas —especialmente mujeres— que lo consideran un híbrido de trovador con profeta. Mi tercer vaticinio tampoco fue afortunado: año tras año Arjona se ha encargado de demostrar hasta la saciedad que es una cantera inagotable de disparates. Un día canta: “será porque no me gusta la tapicería/ que creo que tu desnudez/ es tu mejor lencería”. Y al día siguiente, cuando todos sus detractores nos imaginamos que le resultará imposible sacarse de la manga una sandez tan colosal como ésa, él vuelve a la carga con la propuesta más embrollada y ridícula que un amante le pueda plantear a su musa: “mejor dime que no/ y dame ese sí como un cuentagotas/ dime que no pensando en un sí/ y déjame lo otro a mí”. ¿Alguien se atrevería a pensar, a estas alturas, que la inspiración enrevesada de Arjona ya agotó su capacidad de producir necedades? De acuerdo: todavía falta contar los votos de otros municipios, como se dice en la jerga electoral. Y, sin embargo, el tipo nos sorprende de nuevo con la que podría considerarse su apuesta más arriesgada, una canción dedicada a la menstruación: “de vez en mes te haces artista/ dejando un cuadro impresionista/ debajo del edredón/ de vez en mes con tu acuarela/ pintas jirones de ciruela/ que van a dar hasta el colchón”.</p><p> Tengo amigos radicales que quisieran estrangular a Ricardo Arjona para liberarse, por fin, de su cháchara recurrente. No soportan su incontinencia verbal y menos el hecho de que, para cantar toda esa basura, adopte la actitud presuntuosa de un pavo real, como si creyera que él, y solo él, es el redentor que nos hará el favor de salvarnos con sus tonadas. A ellos, como a mí, lo que más les impactó cuando lo vieron por primera vez fueron, precisamente, sus ínfulas de Elegido. Recuerdo que uno de ellos, al descubrir a Arjona cantando en la televisión, expresó su desconcierto con una frase que era, al mismo tiempo, inocente y lapidaria: “¡Ándala, pero si el tipo es hasta serio!”</p><p> Yo les concedo razón a mis amigos cuando dicen que Ricardo Arjona acapara la estupidez que, en aras de la justicia, tendría que estar equitativamente distribuida entre unos cuarenta bobos grandes. Si se reunieran durante un mes la animadora peruana Laura Bossio con el presentador colombiano Jotamario Valencia y con el fantoche puertorriqueño Wálter Mercado, no generarían ni el diez por ciento de las burradas que Arjona ha atesorado con disciplina a lo largo de su interminable carrera musical. De acuerdo, mis amigos, de acuerdo. Lo que pasa es que yo, a diferencia de ustedes, no veo en esa calamidad estética un motivo para degollarlo sino para indultarlo. Tanta estupidez junta, a la larga, termina siendo un hito importante, un espectáculo único, una fiesta que debemos disfrutar plenamente, con la conciencia de que no durará toda la vida, y somos nosotros —y sólo nosotros— sus testigos de excepción. Ni se les ocurra, radicales amigos míos, ahorcar a Arjona: mientras él siga rebuznando sus coplas cantinflescas, más valor tendrán los poetas verdaderos como Serrat y como Sabina. Mientras él respire, el circo tendrá payaso y, por tanto, sentido.</p><div
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isPermaLink="false">http://www.elclavo.com/?p=2866</guid> <description><![CDATA[Guillermo Velásquez, más conocido como El chato, debe de ser el único árbitro de fútbol del mundo que registra en su hoja de vida por lo menos cinco jugadores noqueados. Ni Alberto Castronovo, ni Eduardo Luján Manera, ni los otros futbolistas aporreados por él, se enteraron de que su verdugo, antes de ser árbitro profesional, [...]]]></description> <content:encoded><![CDATA[<div
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href="http://www.elclavo.com/wp-content/uploads/2008/12/columnistainv_home.jpg"><img
class="size-medium wp-image-2867" title="columnistainv_home" src="http://www.elclavo.com/wp-content/uploads/2008/12/columnistainv_home.jpg" alt="" width="290" height="189" /></a><p
class="wp-caption-text">Ilustración: Diana Delgado - EL CLAVO</p></div><p>Guillermo Velásquez, más conocido como El chato, debe de ser el único árbitro de fútbol del mundo que registra en su hoja de vida por lo menos cinco jugadores noqueados.</p><p>Ni Alberto Castronovo, ni Eduardo Luján Manera, ni los otros futbolistas aporreados por él, se enteraron de que su verdugo, antes de ser árbitro profesional, había sido boxeador.</p><p>Velásquez sonríe mientras se mira los dos puños apretados. Luego los voltea para donde yo estoy, como para notificarme que en esos gruesos nudillos, pese a sus 69 años, todavía quedan restos de la potencia telúrica del pasado.</p><p>A continuación, aclara que él no se hizo respetar por la fuerza – pues no era invencible &#8212; sino porque tenía un temperamento sanguíneo que se incendiaba ante el mínimo intento de atropello y un amor propio que le impedía soportar humillaciones. Si tuviera que arbitrar otra vez, volvería a sancionar al saboteador y a castigar al tramposo. Y, sobre todo, no ofrecería la otra mejilla para que el patán le repitiera el golpe, ni pondría el otro ojo para que el cochino le lanzara un segundo escupitajo, ni amonestaría con una simple tarjeta al grosero que le mentara a la madre, sino que se vengaría en el acto de cada agresión.</p><p>El chato estima que  la compostura que se les exige a los árbitros es hipócrita y tiene más vínculos con la política que con la ley. Según él, un ser humano que recibe una patada en la yugular y en vez de aparentar cortesía tiene la oportunidad de desquitarse, resulta menos peligroso porque se libera de odios futuros.<br
/> “Yo no andaba por las canchas repartiendo coñazos”, explica, “pero cuando había que pegar, pegaba, porque después me iba a matar la angustia de no haber reaccionado como hombre cuando me provocaron. Cuando se tiene un carácter como el mío, responder a las agresiones es una necesidad”.</p><p>Le digo a Velásquez que cambiar la justicia por la venganza nos devolvería a la época de las cavernas y añado que si al árbitro le dan un pito y unas tarjetas, es justamente para que no tenga necesidad de utilizar un garrote.</p><p>“Así es”, admite El chato, con una rapidez que me indica que no le estoy diciendo nada que él no haya pensado antes. “Pero fíjese usted que a los futbolistas les dan una pelota para que le peguen patadas y quieren pegarnos es a nosotros”.</p><p>Vuelvo a la carga con el argumento de que el día que se apruebe la Ley del Talión en las canchas, tendremos más sangre que goles. Y El chato repite la misma frase de hace un momento: “así es”. En seguida, con un movimiento resuelto de las manos, afirma que para evitar ese riesgo hay que pedirles a los futbolistas que reclamen en buenos términos y no con violencia.</p><p>&#8211; ¿Y por qué no les pedimos a los árbitros que no les peguen a los jugadores?<br
/> &#8211; Bueno, ahí le voy a contestar lo mismo que le contesté a un periodista brasileño, el día que expulsé a Pelé: no es bonito responder a un golpe con otro golpe, pero todavía no he visto la parte del reglamento que diga que los árbitros tenemos que dejarnos pegar.</p><p>***</p><p>Guillermo Velásquez mostró su vocación de juez desde la adolescencia. Cuando sus padres discutían, lo buscaban a él para que decidiera quién tenía la razón. Cuando sus hermanos peleaban, sólo él lograba reconciliarlos. Muy pronto, su capacidad de discernimiento y su sentido de la justicia fueron célebres en la familia. Primos, tíos y otros parientes menos cercanos apelaban a él, porque confiaban en la ecuanimidad de sus sentencias.<br
/> Más tarde, cuando jugaba fútbol en el Colegio Deogracias Cardona, de su natal Pereira, no asistía con sus compañeros de equipo a la charla técnica de los entretiempos, sino que se iba con el árbitro a analizar el reglamento.</p><p>Cuando finalmente reemplazó el balón por el silbato, se liberó del destino gris que le esperaba como futbolista y recuperó el respeto que había conocido como consejero familiar. En ese momento descubrió que la satisfacción del que aplica la ley depende más del poder que ostenta que del bienestar que supuestamente le procura al prójimo. Si la cancha es el universo completo y los jugadores son todas las criaturas posibles, entonces el árbitro, que todo lo ve y todo lo juzga, encarna una autoridad más divina que humana, una presencia omnímoda que gobierna las acciones aunque no nos demos cuenta.  Él y sólo él es capaz de detener la carrera del veloz atacante, con un simple movimiento de su mano. Él decide cuándo parar el partido y cuándo reanudarlo, y en ambos casos determina el punto exacto de la tierra en el que hombre y pelota se reencuentran. Ni el que es genio como Maradona ni el que es bravucón como Chilavert tienen licencia para tutearlo: deben dirigirse a él con una cierta reverencia caricaturesca &#8212; manos atrás y cabeza agachada &#8212; y además están obligados a acatarlo por los siglos de los siglos, auncuando valide como gol una pelota que pasó a 15 metros del arco. Como a Dios, al árbitro habría que inventárselo si no existiera. Los jugadores lo necesitan para justificar sus pecados y para que él los ayude a ganar el cielo que ellos solos no alcanzarían jamás de los jamases.</p><p>Desde el principio, El Chato disfrutó esa sensación de importancia que, según él, les gusta a casi todos sus colegas aunque no lo reconozcan en público. Por eso ahora, mientras sorbe su café, levanta la voz para decirme que no es ningún delito, como afirman algunas personas, que el árbitro sea protagonista. “¿Cómo no va a ser protagonista el juez que condena al matón o que evita una desgracia?”, se pregunta, alzando aún más el tono y adoptando un cierto aire de orador. “Usted debe saber, como periodista, que el problema no es la fama sino la mala fama”.</p><p>Estamos sentados en la cafetería del Parque el Salitre. Nuestros vecinos, muchos de ellos jóvenes que no lo conocen, lo miran con insistencia, y él se regodea en su silla comprobando por enésima vez que no nació para pasar desapercibido.</p><p>Estimulado por la atención del público, Velásquez enumera sus méritos en voz alta: fue &#8212; me dice sin ruborizarse &#8212; el árbitro que les abrió las puertas internacionales a sus compañeros colombianos. Participó en la Copa Libertadores entre 1968 y 1982, pitó en cuatro Juegos Olímpicos y fue juez de línea en uno de los partidos más bellos que se hayan disputado jamás, el de Italia contra Alemania en el Mundial del 70.<br
/> Después observa que nunca se tomó un trago el día antes de un compromiso, que siempre se entrenó como si cada jornada fuera una final y que cuando se retiró, en diciembre de 1982, era el árbitro que había pitado el mayor número de partidos en los cuales ganaban los equipos chicos. “Y de visitantes”, añade.<br
/> “Lo mejor de todo”, dice ahora, “es que puedo jurar ante el país que nunca me torcí. Cuando me equivoqué, me equivoqué de verdad y no me hice el equivocado. Y no solamente por honesto, sino porque siempre me quise mucho a mí mismo. Mi orgullo no me permitía quedar como un chambón”.<br
/> Le pregunto si pegarles a los jugadores, como él lo hizo, fue un defecto o una virtud.<br
/> El Chato sonríe, me mira con malicia por encima de su pocillo. Calla.<br
/> &#8211; Ay, hermano, dejemos eso quieto. No me haga enfermar.<br
/> &#8211; Por su sonrisa, parece que no se arrepiente.<br
/> &#8211; Mire: yo no me siento feliz de haber tenido un genio como el que tuve. El temperamento me traicionaba y ese fue mi único error.</p><p>Después de unos segundos de silencio, en los que parece apenado, encuentra un argumento que le devuelve la seguridad. “¿Sabe una cosa?”, me dice, con el rostro iluminado. “Ser peleador me sirvió para conservar la pureza. Cuando uno quiere imponer siempre su autoridad, ya sea a las buenas o a las malas, no puede darse el lujo de tener rabo de paja”.</p><p>Llegado a este punto, El Chato estima pertinente un par de aclaraciones: cuando le pegó a un jugador fue porque, indefectiblemente, éste le había pegado a él primero. Y en todo caso, aquellas fueron calenturas pasajeras que nunca traspasaron los linderos del estadio. Eso sí: insiste en que para no quedar rumiando odios, era absolutamente necesario que le atizara un porrazo al agresor.</p><p>Desde 1957, año de su debut en el torneo profesional, aparecieron los problemas. Alberto Castronovo, jugador del Atlético Nacional, aprovechó un embrollo para darle a Velásquez una patada alevosa en la canilla. Velásquez se retorció en el suelo, durante varios minutos. Cuando se repuso del golpe actuó como si no supiera quién le había pegado. De pronto, en un tiro de esquina, vio, nítida, la oportunidad de desquitarse. Calculó que, por el momento, los espectadores estarían pendientes del jugador que iba a cobrar y se colocó en el área, al lado de Castronovo. A continuación, lo conectó con un derechazo en la barbilla. Castronovo rodó por el pasto pero se levantó en seguida, furioso, y se lió a golpes con el árbitro, en medio de la sorpresa del público. Entonces, varios agentes de la policía entraron en acción, dispuestos a retirar al jugador por la fuerza. “No, señores”, les dijo El Chato, autoritario. “¡Háganme el favor y dejan al caballero en la cancha, que no está expulsado!”.</p><p>&#8211; ¡Pero cómo que no está expulsado, si vimos cómo le pegó a usted!<br
/> &#8211; ¿Y no vieron cómo le pegué yo a él? Si se va Castronovo, me voy yo también. Pero como donde manda árbitro no manda policía, he dispuesto que ni se va él, ni me voy yo.<br
/> El Chato guiña un ojo y advierte que la justicia depende más del sentido común de quien la aplica que de simples leyes escritas en un papel. Para  ilustrar su teoría, recuerda la vez que Miguel Ángel Converti, atacante de Millonarios, recibió un pase de espaldas al arco, en un clásico contra el Santa Fe. Desde antes de que Converti tomara la pelota, Velásquez había sancionado fuera de lugar. Pero el jugador, que al parecer no escuchó el silbato, llevó el lance hasta sus últimas consecuencias: durmió el balón con el pecho, lo hizo rebotar sobre su muslo izquierdo y luego se suspendió en el aire &#8212; cabeza hacia abajo y pies hacia arriba &#8212; en una chilena espléndida. El proyectil se clavó en un ángulo imposible de la portería y Converti corrió como loco hacia el banderín de córner, mirando hacia el cielo y zafándose de los compañeros que querían abrazarlo, como si pensara que su virtuosismo lo alejaba de los atletas y lo acercaba a los dioses.<br
/> “Si yo hubiera sabido que Converti iba a concluir esa jugada como la concluyó”, dice Velásquez, “no habría pitado el fuera de lugar. Fue la única vez que quise hacerme el equivocado en una cancha y créame que lamento mi acierto como si fuera un error. Es lo que le vengo diciendo: según las normas, yo actué bien, pero no fue justo que yo le robara semejante joya al público. Donde yo valide ese gol, hasta los hinchas del Santa Fe se ponen contentos”.</p><p>Le pido a Velásquez que me haga el inventario de los futbolistas a los cuales golpeó y me responde, aparentemente apenado, que “eso no vale la pena”.<br
/> &#8211; ¿Por qué?<br
/> &#8211; Hombre, porque no fueron tantos. Pero ya que insiste en este punto, diga que una vez le hinché el ojo a Orlando Herrera, del Tolima, porque se propasó conmigo en un reclamo. ¿Y sabe qué pasó en el partido siguiente que me tocó arbitrarle en Ibagué? Que el tipo fue a buscarme a mi camerino y me llevó abrazado hasta la mitad de la cancha. ¿No le parece bonito? Si no me reconocieran sentido de la justicia, no me perdonarían. Yo habré sido brutal, pero soy más humano que muchos de los que se creen mansas palomas, porque pegué puños pero no maté a nadie con el pito.</p><p>***</p><p>El Chato, que no cesa de ufanarse de su ecuanimidad, señala que si hoy fuera otra vez el miércoles 17 de julio de 1968, volvería a expulsar a Pelé.<br
/> Ese día, El Santos de Brasil, considerado el mejor equipo del mundo, enfrentaba en un partido amistoso a la selección Colombia que participaría en los Juegos Olímpicos de México.<br
/> Muy temprano, Velásquez validó un gol de Colombia en aparente fuera de lugar. Los brasileños se pusieron histéricos y cercaron al árbitro. Uno de ellos, de apellido Lima, fue expulsado. Como se negaba a abandonar la cancha, fue sacado por la Policía. Cuando iba por la pista atlética se les soltó a los agentes, se devolvió al terreno de juego y le asestó una patada a Velásquez. Éste le respondió con un leñazo en el estómago, que generó un amago de gresca.<br
/> El partido continuó con muchas tensiones hasta el minuto 35 del primer tiempo, cuando Pelé vio la tarjeta roja por reclamar, de mala manera, un supuesto penal en su contra. En principio lució desconcertado, pero no tardó en aceptar el fallo. Entonces emprendió el retiro de la cancha con un gesto irónico y desafiante, como un monarca que se mofara de la orden de destierro impuesta por su vasallo. “Ese tipo está loco”, repetía Pelé, una y otra vez, ante el cronista de El Espectador que lo esperó en la pista atlética.<br
/> En ese momento, los jugadores del Santos rodearon al árbitro. “De 28 personas que tenía la delegación brasileña”, recuerda El Chato, “me agredieron 25. Los únicos que no me pegaron fueron el médico, el periodista y Pelé”.<br
/> Velásquez se sintió empequeñecido, arruinado, cuando los 60 mil espectadores del estadio El Campín comenzaron a maldecirlo a gritos y a pedir el regreso de Pelé. Después, cuando los directivos de la Federación Colombiana de Fútbol decidieron que volviera el futbolista y se fuera el árbitro – un hecho único en los anales del deporte – se acordó del refrán según el cual la justicia en nuestro país “es para los de ruana” y hasta agradeció que a Pelé no se le hubiera ocurrido asaltar un banco,  “porque con seguridad aquí todavía lo estuviéramos aplaudiendo”.</p><p>Adolorido más por la humillación pública que por los golpes recibidos, El Chato demandó penalmente a la delegación brasileña. Lo hizo por recomendación de Lisandro Martínez Zúñiga, magistrado de la Corte Suprema de Justicia, que esa misma noche lo visitó en el camerino para ofrecerle sus servicios como abogado.<br
/> Los jugadores de El Santos permanecieron en Colombia casi dos días más de lo previsto, retenidos en una comisaría, y al final tuvieron que pagarle a Velásquez 18 mil pesos y ofrecerle excusas por escrito, para poder viajar a su país.<br
/> Años después, ya retirado del fútbol, Velásquez buscó la manera de encontrarse con Pelé. Entendía, como siempre, que más allá de las leyes escritas necesitaba un acercamiento humano para quedar a paz y salvo con su conciencia. El rey lo atendió en Miami y hasta lo invitó a almorzar.<br
/> Ahora le pregunto a El Chato qué habría sucedido si Pelé le hubiera pegado cuando él lo expulsó, y me pide, muy serio, que por favor no le haga una pregunta tan perversa. “Mire que me voy es a enfermar”, añade.<br
/> &#8211; Es sólo una suposición, no más que una suposición.<br
/> &#8211; Bueno, en ese caso, permítame responderle con una pregunta. ¿Usted qué cree que hubiera pasado?</p><div
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rel="attachment wp-att-21074" href="http://www.elclavo.com/impreso/un-negocio-made-in-colombia/attachment/un-negocio-made-in-colombia-1/"><img
class="aligncenter size-full wp-image-21074" title="Un-negocio-made-in-Colombia 1" src="http://www.elclavo.com/wp-content/uploads/2007/12/Un-negocio-made-in-Colombia-1.jpg" alt="" width="600" height="440" /></a>L</span>a imagen, absolutamente natural para los colombianos, suele asombrar a los extranjeros que nos visitan: muchas de las esquinas de nuestras ciudades y pueblos están tomadas por hombres y mujeres de a pie, quienes, a sol y sombra, venden un servicio más bien insólito: minutos de telefonía celular al menudeo.</p><p>Para atraer a una mayor clientela, los curiosos comerciantes se han ido convirtiendo poco a poco en auténticas vallas humanas. Algunos tienen amarrados al cuello, como collares, pedazos de cartón que les llegan al pecho, en los cuales están escritas las tarifas. Otros portan chalecos que llevan impresos los valores del minuto, de acuerdo con cada destinatario. Como si lo anterior no fuera suficiente, casi todos, cuando ven a los peatones, pregonan en voz alta los servicios que ofrecen. &#8220;¡ <em>Llamadas, llamadas, llamadas</em> !&#8221; , repiten una y otra vez.</p><p>Las herramientas de esta legión de mercachifles son más pintorescas que abundantes: un ramillete de teléfonos móviles en cada mano; una cartera canguro en la cintura —para guardar los billetes— y un tarro de aluminio para echar las monedas. Muchos de ellos han diversificado sus operaciones en el típico estilo caótico de nuestra economía callejera: venden también bolsas de agua potable, golosinas, café negro en vasitos desechables y hasta videojuegos. Es lo que se conoce con el nombre de &#8220;rebusque&#8221;, una palabra que no figura en el diccionario pero cuyo significado es conocido de sobra por todos los colombianos: &#8220;<em>ingeniarse para obtener el sustento </em>&#8220;, &#8220;<em>inventar una oportunidad donde parece improbable</em> &#8220;, &#8220;<em>ganarse el pan con oficios menores </em>&#8220;, o &#8220;<em>sobrevivir con menos de lo justo al naufragio de cada día </em>&#8220;. Algunos analistas consideran que cuando el gobierno reporta un desempleo de apenas el 12 por ciento, es porque está incluyendo en sus cuentas a los nueve millones de trabajadores informales que tiene el país. Hace poco, la revista <em>Semana Dinero </em>estimó que estos negocios generan el 39 por ciento de nuestro Producto Interno Bruto.</p><p>En materia de &#8220;rebusque&#8221; los colombianos estamos curados de espantos porque ya lo hemos visto todo: alquiler de lavadoras eléctricas a domicilio; hombres que, cuando llueve, cargan en hombros a los peatones para ayudarlos a atravesar un arroyo; venta de paraguas revueltos con empanadas y frutas. Un vendedor ambulante defiende su espacio con la fuerza de un león y la sagacidad de un lince. Es un tipo que te puede ofrecer una camiseta firmada por Ronaldo (sin necesidad de que Ronaldo la firme, por supuesto) y que además es capaz de exhibir el DVD pirata de la película de moda, aun cuando todavía no haya sido estrenada oficialmente. &#8220;<em>Nosotros </em>—bromea Martín Solano, comerciante de la carrera quince, en Bogotá— <em>aprovechamos hasta lo que no existe. Si alguien quiere </em>El Padrino I<em> pero no protagonizada por Marlon Brando sino por George Clooney, se la conseguimos</em> &#8220;. Reynaldo Rodríguez, quien comercia aguacates en el centro de la capital, también usa un gracejo para referirse a la situación: &#8220;<em>aquí se vende de todo, hasta una loca embarazada</em> &#8220;.</p><p>De modo que quienes venden minutos de telefonía celular por las calles podrán ser una rareza de feria para los extranjeros, pero no para los nativos, que los han visto multiplicarse como el arroz en los andenes y semáforos. Ciertamente, a estas alturas son ya parte del paisaje. Y, sin embargo, la mayoría de los colombianos ignora cómo funciona el negocio.</p><p>En Colombia, un país que según el último censo tiene 44 millones de habitantes, existen tres empresas operadoras de telefonía móvil: Tigo, Movistar y Comcel. Entre las tres totalizan unos 30 millones de suscriptores. Aunque durante los últimos cinco años la avalancha de compradores ha desbordado todos los cálculos, lo cierto es que el 67 por ciento de los usuarios está afiliado al servicio en calidad de prepago, es decir, utiliza los aparatos, básicamente, para recibir llamadas. Para efectuarlas, deben recargar las líneas con tarjetas de diferentes valores. Si no lo hacen, de todos modos cuentan con teléfonos, ¡ y sin la obligación de pagar una factura mensual, como en el viejo sistema de telefonía fija ! Esa es la razón por la cual, en los estratos populares, la gente ha cancelado las líneas tradicionales y ahora sólo usa los celulares.</p><p>En promedio, los colombianos rasos que adquieren el teléfono celular en calidad de postpago, disponen de entre 150 y 200 minutos mensuales. El precio de cada minuto, que incluye el Impuesto al Valor Agregado, es de aproximadamente mil pesos (un poco menos de 50 centavos de dólar). Sale más barato, entonces, acudir a los vendedores callejeros, quienes venden el minuto a precios que oscilan entre los $200 y los $300. ¿Por qué los comerciantes informales manejan tarifas más bajas que las propias empresas operadoras? Porque obtienen planes masivos, destinados a las grandes industrias, los cuales disponen de cupos de hasta 4.000 minutos mensuales. El volumen de compra les permite abaratar los costos y por eso se dan el lujo de revender los minutos en los espacios públicos, a precios asequibles para la gente pobre, que no está en capacidad de adquirir planes tan altos.</p><p>De modo que la situación en Colombia es bastante particular: casi todo el mundo tiene un teléfono móvil para recibir las llamadas, pero cuando se trata de hacerlas, se prefiere al &#8220;rebuscador&#8221; de la calle, que comercia los minutos a precios favorables, ya que compra grandes cantidades a las empresas operadoras.</p><p>La venta callejera de minutos de telefonía móvil fue ilegal desde sus orígenes, en 1995, hasta septiembre de 2006. Durante ese lapso, la Policía realizaba operativos diarios para combatir lo que, según la ley, constituía un delito. Los vendedores eran retenidos y sus teléfonos celulares, decomisados. Varios de los afectados interpusieron acciones judiciales, invocando el derecho al trabajo. Sus reclamos fueron acogidos por la Comisión Sexta del Senado de la República , que después de muchos debates aprobó esta modalidad de comercio, con el argumento de que el Estado no tiene otras alternativas para las 500 mil personas que a lo largo del territorio nacional se dedican a esta actividad.</p><p>Pese a contar ahora con el aval del Congreso, los revendedores ambulantes de minutos de telefonía móvil generan rechazo en varios sectores de la sociedad. En especial, por la invasión desmedida del espacio público. El argumento es que el bien común debe prevalecer sobre los intereses individuales. Además, se alega que este negocio, aunque aparentemente esté en manos de gente de escasas oportunidades, es manejado por poderosas mafias que se mantienen en la clandestinidad y que cada día libran violentas batallas por el control de los lugares donde funcionan los puntos de venta. En principio, las empresas operadoras también se opusieron a los vendedores, pero terminaron aceptándolos, pues, al fin y al cabo, los necesitan para aumentar su número de consumidores.</p><p>En un país tradicionalmente pobre y excluyente como Colombia, con altos niveles de corrupción gubernamental, resulta difícil erradicar esta práctica, no sólo porque ciertamente faltan oportunidades de trabajo, sino porque, además, se trata de un asunto arraigado en la cultura de la gente. &#8220;<em>El colombiano de a pie</em> &#8220;, señala el sociólogo Guillermo Mejía, &#8220;<em>tiende a montar un bazar donde quiera que ve un metro de tierra desocupado</em> &#8220;. He allí —advierten los expertos— un rasgo distintivo del subdesarrollo.</p><p>A menudo, esa deformación cultural, más allá de sus implicaciones económicas, tuerce la manera de mirar las cosas. En las esquinas y semáforos de las ciudades colombianas, por ejemplo, se venden, a precio de huevo, ediciones piratas de los libros de moda. En los últimos años ha hecho carrera la frase según la cual un libro que no haya sido pirateado, es porque no ha tenido éxito. Hace poco, a propósito del Congreso Internacional de la Lengua Española , que se llevó a cabo en nuestro país, salió al mercado, en medio de una aplastante maquinaria de promoción, la edición conmemorativa de <em>Cien años de soledad, </em>la obra cumbre de Gabriel García Márquez. Pese a que cada ejemplar es barato (unos 7.5 dólares), los malandrines decidieron falsificarlo y mercadear las copias adulteradas en los andenes, por unos tres dólares. Aunque estos libros piratas son de una calidad tan lamentable que casi se deshojan al mirarlos, han tenido abundante demanda.</p><p>A cinco horas de Bogotá queda un pueblo llamado Monguí, donde sus habitantes —casi todos campesinos analfabetas— se ganan la vida elaborando balones de fútbol a los cuales les colocan las marquillas de las principales empresas fabricantes de balones en el mundo: Umbro, Golty, Puma, Adidas y Nike, entre otras. Pese a la vigilancia policial y a las demandas judiciales de las multinacionales afectadas, no ha sido posible desterrar semejante tipo de fraude.</p><p>De modo que la venta callejera de minutos de teléfonos celulares es apenas un capítulo más en esta vieja historia que desafía, por igual, a los estudiosos de la economía y a los cronistas de sucesos insólitos. No exageran quienes piensan que si Neil Armstrong volviera hoy a la Luna , no la encontraría despoblada como en julio de 1969, sino con varios mercachifles colombianos que tratarían de venderle un pocillo de café negro, o una llamada telefónica al Planeta Tierra.</p><div
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class="primeraLetra"> </span></p><div
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class="highslide" onclick="return vz.expand(this)" rel="attachment wp-att-13368" href="http://www.elclavo.com/impreso/bisturi-llevo/attachment/lo-que-el-bisturi-se-llevo/"><img
class="size-medium wp-image-13368" title="Lo que el bisturí se llevó" src="http://www.elclavo.com/wp-content/uploads/2007/11/Lo-que-el-bisturí-se-llevó-170x300.jpg" alt="" width="170" height="300" /></a><p
class="wp-caption-text">Foto: Cristhian Carvajal</p></div><p>Muchas niñas colombianas ya no sueñan con recibir como regalo en sus quince años un viaje a Disney World, ni una fiesta con príncipes azules, ni un anillo de rubí. Ahora, influenciadas por los nuevos patrones de belleza que promueve la publicidad, lo que piden es una liposucción, una operación de senos o una cirugía estética en la nariz.</p><p>Una investigación reciente de la Universidad de Antioquia concluyó que la fiebre de la vanidad ataca en todas las edades y no respeta sexo ni credo. Eso sí: en cada caso la motivación es diferente. Por ejemplo, la principal obsesión de las señoras mayores de 45 años —conocidas en el país con el sonoro apelativo de “<em>cuchibarbies</em>”— es estirarse la piel del rostro y levantar lo que la ley de gravedad ha ido llevándose para el piso, es decir, las nalgas y los senos. Los hombres, que hasta hace unos años pensaban que podían ser barrigones impunemente, ya no se conforman con tener pelo en el pecho y dinero en el banco: quieren, además, el vientre plano de Ben Affleck, la sonrisa de Tom Cruise, el torso de Brad Pitt y la nariz respingada de Leonardo Di Capprio.</p><p>Ana Elvira Palacios, sicóloga bogotana, dice que el nuevo culto al cuerpo es un asunto complejo que debe mirarse a la luz de la globalización. Antes, según ella, los hombres y mujeres de nuestro país adoraban la redondez de la carne, y, en consecuencia, sus cuerpos parecían fugados de un cuadro de Rubens. “<em>Pero hoy</em>”, explica, “<em>con el bombardeo del cine, la televisión satelital y el Internet, hay un contacto permanente con los cánones de belleza de las pasarelas europeas, y entonces muchas personas quieren asumir como propia esa flacura cercana al raquitismo</em>”.</p><p>Determinar la cantidad de dinero anual que mueve en Colombia la llamada “<em>economía de la vanidad</em>” es prácticamente imposible. Entre otras cosas porque muchos de sus protagonistas, por razones que van desde el pudor hasta la proliferación de centros médicos ilegales, permanecen en la clandestinidad. Sin embargo, la nutricionista Eva Umaña se atreve a aventurar un cálculo que, de todos modos, considera “<em>conservador</em>”: Tres millones de dólares. Su cifra se basa en una encuesta del Instituto Gallup de Brasil, según la cual “<em>el 61 por ciento de las personas de América Latina considera que la belleza externa es el factor más importante para el éxito social</em>”. El reporte precisa que en la región, durante la última década, las visitas al quirófano para mejorar la apariencia física se incrementaron en un 200 por ciento. “<em>Con escasas variaciones</em>”, añade el estudio, “<em>los datos son válidos para todo el continente</em>”. La doctora Umaña estima que en Colombia una de cada cuatro familias de las clases media y alta, tiene por lo menos un miembro que se ha sometido a algún tipo de cirugía plástica. Los costos de cada intervención oscilan entre los mil y los tres mil dólares. Hace un tiempo, el hospital rural de Soatá —220 kilómetros al sureste de Bogotá— lanzó una insólita oferta de liposucciones, con el fin de atraer más usuarios y conjurar así su asfixiante crisis económica.</p><p><strong>La autoestima, un asunto de peso</strong></p><p>Muchas personas defienden la posibilidad de retocar su imagen, como una manera válida de elevar la autoestima.</p><p>“<em>A mí siempre me dijeron que era bonita</em>”, cuenta entre risas la estudiante universitaria Zulay Alfaro. “<em>Pero el problema es que heredé los ojos verdes de mi madre y las tetas de mi padre. O sea, tenía el pecho liso como una tabla y eso me hacía sentir muy mal</em>”.</p><p>Acomplejada por las burlas, la muchacha decidió implantarse un par de senos talla 38, que harían palidecer de envidia a la mismísima Pamela Anderson. Desde entonces, dice, tiene más suerte con los chicos y más ganas de asistir a clases.</p><p>La sicóloga Ana Elvira Palacios recuerda que la naturaleza no siempre es justa y a veces, por el contrario, “<em>es perversa</em>”. Por tanto, no ve ningún problema en el hecho que los seres humanos “<em>busquen corregir las injusticias del destino</em>”. De acuerdo con su teoría, se trata de “<em>adquirir una presencia para sentirse cómodo y enfrentar las exigencias de la sociedad</em>”.</p><p>El estilista Santiago Urrutia plantea, al respecto, una pregunta inquietante: “<em>si nos olvidáramos del bisturí, ¿veríamos alguna diferencia entre maquillarse la cara para ocultar una verruga y quitarse un gordo sobrante del abdomen?</em>”.</p><p>Algunas personas consideran que el hombre, por naturaleza, siempre tendrá alguna inconformidad con la imagen que le devuelve el espejo. Y añaden que esa preocupación es más espiritual que material. Es algo así como asociar la fealdad con la muerte y la belleza con la vida. “<em>Si vendieran el elixir de la eterna juventud que aparece en los cuentos de hadas, tenga la seguridad de que todo el mundo lo compraría</em>”, asegura la doctora Palacios.</p><p>Los defensores de esta corriente justifican cualquier método en la medida en que mejore el estado de ánimo de la gente. Por esa causa, todo se vale, desde eliminar las arrugas de los párpados hasta darle realce y firmeza a esa parte donde la espalda pierde su casto nombre. El último grito de la moda es que ciertas mujeres veteranas se sometan a un “<em>rejuvenecimiento vaginal con rayos láser</em>”. El complejo mecanismo, a juicio de algunas usuarias, les deja una vulva “<em>casi de diseño</em>”. Hace poco, una señora de 52 años envió una carta al periódico <em>El Espectador</em>, diciendo que su cirugía había sido tan buena que ella se sentía ahora como una especie de “<em>virgen repitente</em>”.</p><p><strong>Lo malo y lo feo</strong></p><p>La vanidad no siempre te mejora: a veces te mata. Ese parecería ser el lema que, en la otra orilla, utilizan los críticos de esta fiebre de métodos artificiales de embellecimiento que se ha apoderado de Colombia. Citan el caso de las personas que han muerto por haberse sometido a cirugías plásticas en condiciones inadecuadas. Una de ellas fue la señora María Isbeth Cardona, madre de la conocida cantante Marbell.</p><p>Hace algunos años, la reina Gynari Patricia Coronado cayó de bruces en la pasarela de Cartagena, en pleno desfile del concurso de belleza. Los médicos dijeron que se le habían infectado las heridas de la liposucción que se practicó en los muslos.</p><p>Buscar la belleza a cualquier precio puede ser la idea más insensata del mundo, nos previene la nutricionista Eva Umaña. Para ilustrar su tesis nos recuerda que hay chicas que miden 1,76 y pesan 48 kilos, y sin embargo se creen obesas. “<em>Cuentan cada caloría que consumen, vomitan la comida para no sentirse culpables, usan laxantes y diuréticos, se someten a jornadas inhumanas de ejercicios, y si nada de eso les hace sentirse flacas, usan la opción extrema de no comer absolutamente nada</em>”.</p><p>Añade que la presión social en torno de la delgadez como proyecto de vida es de tal magnitud, que hace poco escuchó a una niña de apenas ocho años preocupada por el peso.</p><p>Muchos piensan que alcanzar la flacura a las buenas o a las malas, incluso a costa de la vida misma, es una de las formas más brutales de la tiranía contemporánea. Por algo el expresidente colombiano Carlos Lemos Simmonds se atrevió a decir, un poco antes de morir, que la obsesión por la figura “<em>es la burka de la mujer occidental</em>”.</p><p>La polémica alrededor de este asunto es tan candente que ni siquiera el muy serio escritor Gabriel García Márquez ha podido sustraerse de ella. “<em>Queremos</em>”, le dijo a un periodista, “<em>mujeres hechas en la cama y no en el quirófano</em>”.</p><p>Guardar la línea como sea o engordar sin remordimiento, dejar que el tiempo tumbe todo u oponerle resistencia mientras sea posible. He allí los dos extremos, el gusto y el disgusto. Un asunto de vida, pero también —qué duda cabe— de muerte.</p><div
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isPermaLink="false">http://www.elclavo.com/?p=714</guid> <description><![CDATA[Un viejo chiste señala que en Barranquilla —960 kilómetros al norte de Bogotá— no hay prestigio que dure setenta y dos horas. “Tú llegas y el primer día te brindan sancocho” , ha dicho el escritor Gabriel García Márquez. “Al segundo día te ponen apodo y al tercero te calumnian”. Barranquilla es la cuarta ciudad [...]]]></description> <content:encoded><![CDATA[<div
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class="size-full wp-image-13594" title="Alberto Salcedo" src="http://www.elclavo.com/wp-content/uploads/2007/10/Alberto-Salcedo-.jpg" alt="Foto: Mónica Medina - RANDOM HOUSE" width="201" height="713" /><p
class="wp-caption-text">Foto: Mónica Medina - RANDOM HOUSE</p></div><p>Un viejo chiste señala que en Barranquilla —960 kilómetros al norte de Bogotá— no hay prestigio que dure setenta y dos horas.</p><p>“<em>Tú llegas y el primer día te brindan sancocho</em>” , ha dicho el escritor Gabriel García Márquez. “<em>Al segundo día te ponen apodo y al tercero te calumnian</em>”.</p><p>Barranquilla es la cuarta ciudad más importante de Colombia y está ubicada frente al Mar Caribe. Pese a tener cerca de un millón y medio de habitantes, conserva ciertas costumbres de pueblo pequeño, como, por ejemplo, hablar mal del prójimo en las esquinas y tertuliar de terraza a terraza con los vecinos del barrio.</p><p>Barranquilla es conocida en el resto del país por la vitalidad de su lenguaje oral, que es casi una fiesta. Esa característica se refleja muy bien en el vasto repertorio de piropos que tienen los hombres para cortejar a las muchachas en las calles. Por ejemplo: “<em>adiós, mamacita: ¡por ti sería capaz de trabajar!</em>” , o “<em>tú con tanta curva y yo sin frenos</em>” . Cuando la mujer es una de esas que bambolean las caderas de manera exagerada, la frase es más picante: “<em>mi amor: no muevas tanto la cuna, que me despiertas el niño</em>” .</p><p>Un piropo del estilo de “<em>tus ojos son los más bellos del mundo</em>” no gusta en Barranquilla, porque contiene una cursilería ajena al espíritu bromista de la ciudad. Hasta la mujer más formal se moriría de aburrimiento si la galantearan de esa manera tan ridícula.</p><p>Dentro de las ocurrencias callejeras hay, aparte de los piropos, todo un arsenal de frases irreverentes para mofarse de los defectos ajenos: al muy flaco le dicen que de frente parece de perfil y de perfil no se ve. Al muy gordo le dicen que tiene mucha manteca para dos huevos. Al calvo le preguntan que para dónde va con esa mortadela en la cabeza. A la fea le aconsejan que se mude para el sector más costoso de la ciudad, “ <em>para ver si se la come el arriendo </em>” .</p><p>Dicho en buen romance, en Barranquilla no respetan a nadie. No es raro, entonces, que en una ciudad así el evento más importante sea el carnaval, que se celebra todos los años en el mes de febrero.</p><p>Carnavales hay en todo el país, pero el de Barranquilla es, de lejos, el más importante, porque refleja de manera fiel el modo de ser de la gente. Allí no se trata de escaparse de la realidad sino de interpretarla y, sobre todo, de expresar lo que se es.</p><p>Barranquilla no es una antes del carnaval y otra después, no. Es siempre la misma: jocosa, explosiva, llena de colores. Mirta Buelvas, una investigadora académica, lo dice de manera contundente: “<em>la celebración dura cuatro días pero el carnaval dura todo el año y, si me apuran, todo el siglo</em>”. Porque el carnaval, definitivamente, está más allá de la fiesta, de su puesta en escena, y hunde sus raíces en la identidad cultural.</p><p>Cada año, durante cuatro días, Barranquilla es el escenario natural de una descomunal comedia al aire libre, en la cual la gente aprovecha la fiesta para censurar, mediante disfraces ingeniosos, al político ladrón, al gobernante inepto, al mal vecino.</p><p>Los bailes y comparsas son coloridos y alusivos, en gran parte, al río Magdalena que baña a la ciudad. Muchos de ellos homenajean a las tres etnias básicas del mestizaje en el caribe colombiano: la negra, representada en la percusión, la indígena, representada en rituales antiguos y la europea, representada por las coplas del Romancero de Castilla.</p><p>A Barranquilla tardaron en llegar los guerrilleros y los paramilitares, justamente porque estos dos grupos violentos —que son tan ‘seriotes&#8217;— no tienen muchas garantías de prosperar en medio de semejante relajo colectivo. “<em>Los diálogos de paz entre el gobierno y la insurgencia deberían hacerse en Barranquilla, el sábado de carnaval</em>”, señala el folclorista Wingston Valle. “<em>Puedes jurar que así estaríamos más cerca de la paz, porque reemplazaríamos la locura de la guerra con la locura de la vida</em>”.</p><div
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