Los estragos de la niñez
Cuando nací mis papás contrataron la mejor niñera de Cali; la que había nacido para ser niñera, la que siempre sacó cinco en el curso de niñeras, la que se peleaban los nuevos padres de la época. Graciela, no sólo era buena, sino bastante estricta y psicorígida en su trabajo. Me daba el tetero a las siete en punto de la noche, ni un minuto más, ni un minuto menos. Me vestía de una manera impecable y no permitía que de ninguna forma, me ensuciara. Si algo se me regaba lo limpiaba de inmediato y me cambiaba de ropa en menos de un minuto. A parte, era seca como ella sola. Era bastante seria y pocas veces se reía. Menos mal que sólo fue mi niñera cuando yo era bebé porque sino me hubiera pegado algo de eso.
De todas formas, las secuelas empezaron a verse rápidamente. De todo mi desempeño en el jardín “El Principito”, sólo había una cosa que tenía realmente preocupadas a las profesoras. “María Juliana no se mete al arenero”. Me quedaba en el murito y miraba a los niños ensuciarse, revolcarse como cerditos en esa arena café hasta el punto de que se la comían. En el edificio con el parche de amigos me pasaba algo parecido. No me podían mojar o ensuciar, a menos de que el juego se tratara de eso, como una guerra de bombas de agua o algo así. Pero igual me seguían malcriando, porque tenía que comer a tal hora y acostarme a tal otra, y cepillarme los dientes y ponerme la pijama sin falta. Dormirme tarde un día de colegio podía constituirse en una verdadera tragedia para mí. Contaba las horas de sueño y me daba angustia no dormir. Mi cuarto siempre fue ordenado y quería las cosas en su sitio, algo de lo que mis amigas del colegio se burlaron por años. Nunca llegaba tarde a clase y trataba de no faltar nunca al colegio. Me gustaba levantarme temprano, para tener mucho tiempo para arreglarme y desayunar; no recuerdo haberme quedado dormida.
Cuando nació mi hermana todo fue distinto. Mis papás ya tenían experiencia y por eso a la bebé la cuidaba Luz Edith, una empleada cualquiera; buena pero para nada especializada en el cuidado de niños. Luz Edith era una bacana y para nada rígida. Cuando mis papás llegaban de trabajar al medio día, mi hermana estaba en el piso de la cocina comiéndose un mango que posiblemente ya se lo había restregado hasta en la cabeza. La niña estaba untada hasta el alma y encima balbuceaba un pedazo de “La cuchilla”. Sí, la ranchera, que a mi también me la enseñó: “Si no me querés te corto la cara, con una cuchilla, de esas de afeitaaaar, y el día de tu boda, te doy puñaladas, te arranco el ombligo y mato a tu mamaaaá.”
Por eso, si usted nos conoce, va a entender porque Camila es lenta e impuntual y yo siempre llego más temprano, porque yo me preocupo por cualquier bobada y ella no, porque ella ve televisión hasta las dos de la mañana si se tiene que levantar a las cinco, mientras yo a las once en punto estoy acostada si tengo que madrugar. Por las mismas razones, ella no se enferma sino que le da gripa de media hora, mientras a mí cada año me da una amigdalitis que amerita un chuzón de bencetazil en la nalga y cualquier cosa me hace estornudar. Por eso es que hay pelea cada que nos vamos juntas a alguna parte porque ella se demora hora y media en arreglarse y no soporta que la presionen. Por eso es que ella duerme como anestesiada y yo me despierto con el zumbido de una mosca. Por eso es que ella es relajada y yo soy nerviosa. Por eso es que a Cami no le importa almorzar con pastel de pollo, mientras yo tengo que almorzar completico. Por eso es que ella se puede quedar dormida en el bus y pasarse de la casa.
Pero así y todo, con los estragos que quedan de esa educación temprana y que todos conocen, yo lucho contra la psicorigidez. Sino para qué vivir. Para qué vivir si uno no se puede gastar la plata del almuerzo en un gusto o una rumba. Para qué vivir si uno no cambia de ruta para no seguir una rutina aburrida y distraerse. Para qué si uno no se viste de un color distinto y se hace un corte arriesgado. Para qué si uno no cambia alguna vez, lo racional por lo pasional. Para qué si uno no puede ser irresponsable por un día. Para qué si uno no se arriesga y se enloquece en vez de hacer ‘lo que debe ser’. Para qué si uno no puede tomar una decisión alocada de vez en cuando. Para qué si uno no puede llegar tarde para dormir más, o para qué si no se pudiera renunciar al trabajo y volverse marinero. Por eso es que lo mejor es encontrar el balance, sin ser tan alocado tampoco, para aprender a vivir y no quedarse en pendejadas que amargan la vida…

