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BUSCANDO A NEMO
Blogs/El Clavo

sábado, octubre 21, 2006

Los estragos de la niñez

Soy la hija mayor de una pareja, lo cual significa que a mi me tocó cargar con todos las primiparadas que aún hoy, hacen estragos. Por eso, cada día sigo luchando no sólo contra mi educación temprana, sino contra la psicorigidez que todavía hoy, reina en mi familia.

Cuando nací mis papás contrataron la mejor niñera de Cali; la que había nacido para ser niñera, la que siempre sacó cinco en el curso de niñeras, la que se peleaban los nuevos padres de la época. Graciela, no sólo era buena, sino bastante estricta y psicorígida en su trabajo. Me daba el tetero a las siete en punto de la noche, ni un minuto más, ni un minuto menos. Me vestía de una manera impecable y no permitía que de ninguna forma, me ensuciara. Si algo se me regaba lo limpiaba de inmediato y me cambiaba de ropa en menos de un minuto. A parte, era seca como ella sola. Era bastante seria y pocas veces se reía. Menos mal que sólo fue mi niñera cuando yo era bebé porque sino me hubiera pegado algo de eso.

De todas formas, las secuelas empezaron a verse rápidamente. De todo mi desempeño en el jardín “El Principito”, sólo había una cosa que tenía realmente preocupadas a las profesoras. “María Juliana no se mete al arenero”. Me quedaba en el murito y miraba a los niños ensuciarse, revolcarse como cerditos en esa arena café hasta el punto de que se la comían. En el edificio con el parche de amigos me pasaba algo parecido. No me podían mojar o ensuciar, a menos de que el juego se tratara de eso, como una guerra de bombas de agua o algo así. Pero igual me seguían malcriando, porque tenía que comer a tal hora y acostarme a tal otra, y cepillarme los dientes y ponerme la pijama sin falta. Dormirme tarde un día de colegio podía constituirse en una verdadera tragedia para mí. Contaba las horas de sueño y me daba angustia no dormir. Mi cuarto siempre fue ordenado y quería las cosas en su sitio, algo de lo que mis amigas del colegio se burlaron por años. Nunca llegaba tarde a clase y trataba de no faltar nunca al colegio. Me gustaba levantarme temprano, para tener mucho tiempo para arreglarme y desayunar; no recuerdo haberme quedado dormida.

Cuando nació mi hermana todo fue distinto. Mis papás ya tenían experiencia y por eso a la bebé la cuidaba Luz Edith, una empleada cualquiera; buena pero para nada especializada en el cuidado de niños. Luz Edith era una bacana y para nada rígida. Cuando mis papás llegaban de trabajar al medio día, mi hermana estaba en el piso de la cocina comiéndose un mango que posiblemente ya se lo había restregado hasta en la cabeza. La niña estaba untada hasta el alma y encima balbuceaba un pedazo de “La cuchilla”. Sí, la ranchera, que a mi también me la enseñó: “Si no me querés te corto la cara, con una cuchilla, de esas de afeitaaaar, y el día de tu boda, te doy puñaladas, te arranco el ombligo y mato a tu mamaaaá.”

Por eso, si usted nos conoce, va a entender porque Camila es lenta e impuntual y yo siempre llego más temprano, porque yo me preocupo por cualquier bobada y ella no, porque ella ve televisión hasta las dos de la mañana si se tiene que levantar a las cinco, mientras yo a las once en punto estoy acostada si tengo que madrugar. Por las mismas razones, ella no se enferma sino que le da gripa de media hora, mientras a mí cada año me da una amigdalitis que amerita un chuzón de bencetazil en la nalga y cualquier cosa me hace estornudar. Por eso es que hay pelea cada que nos vamos juntas a alguna parte porque ella se demora hora y media en arreglarse y no soporta que la presionen. Por eso es que ella duerme como anestesiada y yo me despierto con el zumbido de una mosca. Por eso es que ella es relajada y yo soy nerviosa. Por eso es que a Cami no le importa almorzar con pastel de pollo, mientras yo tengo que almorzar completico. Por eso es que ella se puede quedar dormida en el bus y pasarse de la casa.

Pero así y todo, con los estragos que quedan de esa educación temprana y que todos conocen, yo lucho contra la psicorigidez. Sino para qué vivir. Para qué vivir si uno no se puede gastar la plata del almuerzo en un gusto o una rumba. Para qué vivir si uno no cambia de ruta para no seguir una rutina aburrida y distraerse. Para qué si uno no se viste de un color distinto y se hace un corte arriesgado. Para qué si uno no cambia alguna vez, lo racional por lo pasional. Para qué si uno no puede ser irresponsable por un día. Para qué si uno no se arriesga y se enloquece en vez de hacer ‘lo que debe ser’. Para qué si uno no puede tomar una decisión alocada de vez en cuando. Para qué si uno no puede llegar tarde para dormir más, o para qué si no se pudiera renunciar al trabajo y volverse marinero. Por eso es que lo mejor es encontrar el balance, sin ser tan alocado tampoco, para aprender a vivir y no quedarse en pendejadas que amargan la vida…

lunes, septiembre 18, 2006

A veces me cuestiono tanto que hay cosas que dejan de tener sentido. Y eso se vuelve un problema, porque el que piensa pierde. No sé que tanto habrá perdido Descartes al dudar de todo, pero menos mal que a mí eso me dura sólo un rato, porque luego la realidad me saca de la nube y me azota contra el cemento. Aquí no se puede filosofar y comer aceitunas. Aunque podría comer aceitunas toda mi vida sin pensar. Pero son medio caras.

Me pregunto por qué todavía vivo aquí, por qué tuve que ir al jardín infantil y luego a un colegio. Por qué siempre me porté bien y los profesores me quisieron. Por qué luego tuve que escoger una carrera y no si quería vender flores en alguna plaza de Italia, o simplemente quedarme por ahí, leyendo todos los libros del mundo. Por qué si uno no escoge una carrera está mal y por qué 'da pena' tal cosa, o 'qué diría la gente' si... Por qué no puedo viajar por el mundo y conocer miles de culturas porque no tengo plata o porque me exigen miles de papeles. Por qué el amor duele tanto. Por qué la gente se muere. Porque los amigos y las familias se pelean. Por qué tengo que ir a clase cuando puedo leer un libro que me aporta más. Por qué uno no puede 'tomarse unas vacaciones'. Por qué los cd's y los libros son tan caros. Por qué si dejara la carrera o quedara embarazada eso sería 'un escándalo' familiar. Por qué puedo decidir entre comer carne o pollo, pero en realidad estoy completamente atrapada. Por qué no existe la libertad. Por qué sé que hay gente que espera cosas de mí y me aterra decepcionarlos. Por qué es difícil saber lo que uno quiere, y cuando uno sabe, no lo puede hacer. Por qué la gente se va lejos y es difícil volverla a ver. Por qué hay guerra, hambre...en fin, me pondría demasiado pesada y cliché si continúo con las desgracias de este mundo. Por qué, por qué, por qué...

viernes, septiembre 01, 2006

Crónica de un mal día

Son las seis de la mañana. Abro los ojos y me doy cuenta que aunque dormí menos de 4 horas, no me siento tan mal. Suena el despertador. Mi nueva alarma es chistosa, a mi papá le parece de locos. Recuerdo que tengo los ojos maquillados y que probablemente necesitaré 5 minutos extras para limpiarme la cara y no verme como un payaso, así que me paro de un golpe y entre dormida y despierta me limpio los ojos. Tengo un dolor absurdo en el cuello, necesito un masaje, pero por ahora el chorro de agua caliente es lo único que tengo.

Alguien me dijo una vez (tal vez muchas veces) que cuando uno se siente mal tiene que vestirse bien. Pero hoy no pude. Pantalón flojo y viejo, blusa negra muy vieja y, bueno, aretes de colores para no exagerar la tristeza. Prendo el televisor y están dando un capítulo viejo de Gilmore Girls. Rory está con Dean pero se está tragando de Jess. Me pregunto por qué pasan esas cosas. Ferchita, en un acto hermoso de amistad, me llama a ver si me pude despertar. Tomo milo chiviado (chocolisto) con galletas y le pregunto a mi hermana, que se acaba de levantar, si llevo saco. Me dice que no. Hablamos sobre un par de cosas y me despido.

Hoy es viernes (TGIF) y mi ruta es distinta. Voy para la Autónoma a mi monitoría de investigación. Salí sin saco y sin sombrilla, y claro, va a llover. Odio el puente peatonal y encima está lloviendo, y ¡tengo sandalias! Menos mal no me alcanzo a mojar mucho. La profesora me deja el portátil a las 8 y lo recoge a la 1. 5 horas de trabajo. 5 horas de sueño y trabajo. Los porteros de la Autónoma no son tan queridos como los de la Javeriana, no es porque sea mi universidad, pero me encanta que me saluden bien. Llega el portátil y yo me pregunto por qué estoy haciendo esto, qué pereza. A las 10 y media siento como mi estómago habla; claro tonta, no has tomado café. Guardo todo y me aventuro a un sitio desconocido, nunca salgo de esa biblioteca. Pregunto dónde queda la cafetería. “Baja la rampa y a la derecha”. No había nada a la derecha de la rampa, pero llego caminando derecho. Me siento muy Davivienda, en el lugar equivocado. Muchas caras extrañas revoloteando por ahí. Un café y un pan queso, ah y cajita chiquita de chicles, obvio. ¿Pan queso? Yo nunca como pan queso en mi U, pero igual me encanta el pan. El café me lo dan en un vaso ¡plástico transparente! ¿Cuánto cuesta el icopor por Dios? ¡Me quemo las manitos!

De vuelta a la biblioteca me siento en otro mundo. La universidad es bonita, con mucha naturaleza como la Javeriana, es lo que más me gusta. Me quedo parada en una mesa y me encuentro a Caro, la prima de Aleja. Comentamos sobre todo un poco. Qué rico hablar con alguien, ella es un amor. Pasa una niña con un girasol hermoso y grande. Seguro se lo dio el novio. Me pregunto hace cuánto no me regalan flores. Me acuerdo de la conversación de ayer con Daniel.

Vuelvo a mi lugar de trabajo. Mi estómago empieza a refunfuñar; claro, alcohol y café. Nunca he entendido porque mis gustos no se entienden con mi estómago, eso debería venir en combo completo. Pongo música en el computador, descaradamente sin audífonos, pero pasito. Canto Increíble de Cabas…ah y Confiésame de Fonseca (que estaba en el torta –entiéndase portátil- de Clau) mientras lleno la base de datos y cargo libros pesados de tesis. Los brazos no me dan, me duelen mucho por cargar los equipos de ayer, solita, del Samán al Lago.

Es la 1. La profe se demora 20 minutos y yo me siento en las escaleras. Cuando me doy cuenta estoy hablando y alegando sola, me acuerdo del papá de mi ex novio, ja, me parezco a él. Creo que ya la gente que pasa me dice la loca de las escaleras. Por fin llega con su hijo miniatura revoloteando en camiseta verde del colegio.

Me voy por fin para mi U. Tengo que almorzar y luego entro a clase de Francés. Después hay curso de iluminación pero no soy capaz de ir. Me veo con Dieguito en una mesita. Tengo que comer algo para sobrevivir así que voy a la tiendita del Samán. No, no soy capaz de comer, dame un hit de mora. Le meto el pitillito a la cajita, y que alguien me explique por favor, cómo se sube el jugo por ahí y me riega toda. Digo ‘ahhhh’ y el man de atrás me imita. No entendí si es que era chistoso o qué.

French class. Lo bueno es que toca pensar todo el tiempo y así no pienso en otras cosas. Lo malo es que estoy elevada y no contesto bien cuando me preguntan. El profe tiene la misma camiseta azul clarita de siempre, ¿será que sí la lava? El azul clarito es el mejor color para una camiseta de niño, se ven divinos, pero bueno, él es un viejito tierno y gordito, parece papá Noel. Finalmente logro quedarme hasta el final, ya sé muchas cosas nuevas.

Me voy para la casa. Me siento en el bus y escucho música. La mismas canciones, hay que surtir el mp3. Hace calor y el bus va lento. Me bajo y a un señor se le cae un paquete con frascos en la escalera. Qué susto. Voy caminando y empiezo a sentir hambre. Me salvo muchas veces de que me atropellen, en verdad que ya estoy débil. Paro en mi centro comercial por excelencia (Carulla) y me acuerdo que esta semana inauguraron un chuzito de sushi. Me robo una carta y la leo, qué rico. Me encuentro con una vieja amiga del colegio. Esta sentada en las mesas de la cafetería con el ex novio; ¿por qué con el ex novio y no con el novio? Creo que llegué en un momento incómodo. Pobrecitos…seguro que ellos se aman todavía.

Observo el panorama: empanadas, pollo, papas, cosas de cafetería. Sale una pizza del horno: grasosa, absolutamente ordinaria. No sé por qué, pero compré un pedazo con Nestea, algo tenía que comer. Cuando como algo así siempre pienso en la psicorigidez de mi familia. Me encanta contradecirla en ese aspecto, comer grasa, muchos gérmenes, ja, lo que no mata engorda. Me senté en las mesitas de afuera. Viento caleño vespertino, lo amo, no hay nada mejor. Miro a los que están a mi lado. ¿Quiénes son? Dos más comen pizza. Un hombre se pone la corbata. Unas mujeres toman vino de caja y maní. Otras, empleadas de Carulla, hablan de salir a rumbear esta noche. Llega el camión de Brinks de Colombia, no me gusta estar cerca de señorsitos con armas, no me gustan las armas. Mi plato de icopor se cae varias veces y vuela por el aire como la bolsa de American Beauty. El viento de acá es absurdo. Me tomo el Nestea y me río de que ha sido un mal día pero disfruté cada momento.

Camino hacia mi casa y un señor me grita algo sobre mi cola. Me saca una sonrisa gigante. Sí, los piropos, mientras no sean tan grotescos, me dan ataque de risa…son tan, no sé, hacen parte de lo que somos. Veo un señor paseando muchos perros, y me acuerdo que quiero un Beagle. Sí, un perrito que me acompañe al parque. Llego a mi casa por fin. ¿Por qué no estoy durmiendo? Porque tenía una ganas absurdas e inaguantables de escribir. Ducha caliente y a la cama. Después, todo puede pasar.

miércoles, agosto 30, 2006

Destino, hado, sino…

¿Están nuestros actos determinados por algo? ¿Estamos predestinados a ciertas cosas? ¿Todo pasa por una razón?

Estas cuestiones para los hombres pueden tener dos tipos de reacciones generalmente opuestas. Una es la aterradora, la que niega que no podamos ser los forjadores de nuestro futuro, la que reitera que sólo nuestras decisiones determinan lo que va a pasar, la que no permite el pensamiento de que hayan fuerzas extrañas encargándose de nuestro porvenir; sea Dios, los dioses, las parcas, las estrellas o cualquier ente ajeno a esta realidad. La otra, es la tranquilizadora, la que tal vez toman los más religiosos y creyentes, la que nos hace pensar que todo sí pasa por alguna razón y que todo de alguna forma va a terminar bien.

En realidad, hay otra reacción o pensamiento aparte de estas dos. Es la de los que creen en el destino sin pensar exactamente que va a terminar. Es decir, estamos predestinados, más nuestro final puede ser como el de cualquier tragedia griega.

A veces me gusta pensar que el destino existe. Pero claro, qué miedo pensar que nuestras decisiones y acciones no tienen peso ni cambiarán nuestro futuro; qué miedo que lo que vivimos todos los días sea sólo la antesala de algo que ya está planeado. No sé entonces qué me hace pensar esto, pero me pasa con frecuencia. A veces parece, que algo, las estrellas, ‘el bromas’ como dice un amigo que quiero mucho, nos pone ciertas trampas, nos hace ‘bromas’, y es ahí cuando nos vemos enredados tratando de solucionar problemas inverosímiles.

Sea lo que sea, existan las señales o no, hay cosas que nos pasan en la vida que después entendemos por qué pasan, y es ahí cuando nos hacemos preguntas. No es que por esto tengamos que ir a una bruja o pretender encontrar a Tiresias para que nos diga el futuro; simplemente la vida se va encargando de mostrarnos ciertos caminos.

Que la tercera parca no corte por ahora el hilo de mi vida con sus enormes tijeras y me permita seguir descifrándola. Y ustedes ¿Qué piensan del destino?

jueves, agosto 10, 2006

...hombres...mujeres...qué problemita

Todo el tiempo hablo con mi papá y mi hermana. Nada como almorzar un domingo en pijama, sin aretes y con el pelo recogido, disfrutando de una agradable conversación. Después de los chismes de la noche anterior, generalmente nos quedamos en algún tema pegajoso. El domingo pasado continuamos con ‘el machismo’, de lo cual parece que no nos cansamos de hablar. De hecho siempre repetimos temas de los que ya sabemos qué piensa cada uno, y hablamos hasta que se hace necesaria la siesta dominguera.

El caso es que mi papá no se cansa de repetir que la posición del hombre en la sociedad es muy berraca. Aunque mi papá siempre fue un man muy normal, en el sentido en que fue un papasito desde el colegio, tuvo mil novias todas reinas de algo, se tomó todo el aguardiente de Cali y rumbió hasta morir en la época en que se bailaba “…San san, san fernando…”, y fue prácticamente el ‘macho’ típico que su papá le impulsaba a ser diciéndole “tómese este aguardientico que eso es de hombres”, él considera que tiene muy bien desarrollada su parte femenina.

Es decir, él no entiende como es que el ‘pensamiento errado de esta sociedad’ (como él dice) no permite que él le de un beso y un abrazo a un amigo que quiere mucho, porque inmediatamente se vería ‘raro’. Además, todo el tiempo ve cómo los hombres no son capaces de llorar y expresar sus sentimientos, mientras las mujeres no tienen ningún problema en hacerlo. Él siempre dice que las mujeres seremos las salvadoras de esta sociedad, y por eso odia cuando ve a una mujer guache, dura y ordinaria. Y el problema de que el hombre sea así, es la misma sociedad, y por eso él dice que es el colmo por lo que ellos tienen que pasar para aparentar que son unos ‘hombres’. Eso de portarse como un macho a la hora de salir con una mujer es un sufrimiento: “Aparte de armarse de valor, invitarla a salir, recogerla, pagar la comida, la rumbiada, por último el motel, y si a uno no se le para, ahí sí todo es culpa de uno”.

Y entonces mi hermana dice: “Claro, y como en esta sociedad son ellos los que tienen que actuar, uno se queda de brazos cruzados. Si uno les gusta, lo invitan a salir a uno, pero si a mi me gusta alguien ¿qué hago? Rezo, rezar es lo único que puedo hacer. Y peor si uno cambia la tradición y los invita: Esa vieja es una necesitada, una perra, cómo me va a invitar a salir.” Me hace reír mucho.

Lo peor de todo esto es que en verdad los hombres sufren a la hora de caerle a una vieja, pero las mujeres también a la hora de querer conquistar a un man. Si simplemente no fuéramos tan machistas, tal vez las cosas se darían con mayor naturalidad. Pero como las mujeres, sobre todo las mamás (y también los papás), se encargan de continuar con este machismo, es muy difícil que todo cambie.

Lo bueno es que hay excepciones, que en realidad se dan dependiendo de la educación que hayan recibido desde pequeños. Mi papá y sus hermanos, siempre hablan de tener su parte femenina muy desarrollada. Es decir, son hombres sensibles, no tienen problemas para expresar sus sentimientos, no son homofóbicos, ni tienen ese delirio sexista de que algo es de hombre o de mujer. Mi papá repite constantemente el día en que una amiga de la infancia les dijo:”Me encanta esa parte femenina de los Pacheco”.

Y la verdad, a mi también me encanta. No se trata de ser amanerado, ni de hablar o no de cosas de mujeres, se trata de dejar de lado esa prepotencia de los hombres frente a las mujeres que la sociedad ha creado. Que ellos son más fuertes, más duros, que nada los conmueve, que son los que tienen que invitar a salir, etc. Nada como un hombre cariñoso, que no tenga ningún problema para expresar lo que siente, que no tenga prejuicios ni pendejadas. A mi personalmente, me encantan los hombres así. Que no les importe escuchar una canción bonita y cantarla a todo pulmón, que lloren si quieren y cuenten lo que les duele, que no digan “eso es sólo de mujeres”, que, como mi papá, se enternezcan profundamente con un perrito horrible que vean por ahí o con el final de una película.

domingo, julio 23, 2006

Comentarios varios

Bueno hay como varias cosas que comentar:

1. El concierto de Arjona estuvo espectacular. Así como a muchos las canciones de este tipo les producen náuseas, a mi me hacen sentir todo tipo de cosas. A parte de todo el montaje del escenario, de los videos, de las imágenes y el resto de los músicos (principalmente el saxofonista), este hombre se lució. Nunca había estado en un concierto de él. Hace tres años me habían prometido uno, pero nunca llegó a Cali. Yo dividiría sus canciones en dos tipos: Las que hablan de amor, y las que tienen gran contenido social. Bueno algunas tienen las dos cosas revueltas. El caso es que con las de amor me derrito, me siento identificada, me desbaratan por completo. Pero con las de contenido social no puedo evitar que me duela más que el corazón. Cuando cantó "La nena" y empezaron a pasar el video, yo casi me muero. Escuchar esa canción en vivo, con todas esas imágenes de una niñita secuestrada, me partió el alma. Yo sólo decía: "Esto está muy fuerte". Y seguido a esta cantó "Mojado", y luego "Si el norte fuera el sur". Definitivamente lo pone a pensar a uno.
Y además cuando este tipo habla uno se da cuenta de lo sencillo que es, de que siente en realidad todas sus canciones. Yo me enamoré. Yo me quedé con las ganas de "Adiós melancolía", de "Duele verte" para llamar a Mónica, y tal vez, como estaba la corista, de que cantara a dúo "Porque hablamos". Al final, comiendo ya sólo con mi hermana y su amiga, me costó aceptar que yo jamás hubiera estado allí parada (ni ninguna de ellas dos), si no hubiera sido por el que me puso esas canciones una y otra vez. Qué cosas.

2. Se acaban las vacaciones y yo me pregunto si las aproveché bien.

3. En "El síndrome de Ulises" de Santiago Gamboa, encontré esta frase: "(...) Si por 'olvidar' entendemos 'dejar de sufrir' (...)" Muy buena. ¡perfecta!

4. Mi casa es casa de locos.

5. Confieso haberle sido infiel al buen cine. Una comedia romántica más bien mala que buena no hace daño. La verdad es que me hace reír y me ponen de buen humor.

6. Creo que estoy volviendo a la levedad. Eso no es tan bueno. Si Kundera me preguntara a mí, le diría mil veces que prefiero el peso. ¿Qué haríamos sin el bendito peso?

martes, julio 18, 2006

Camina

Por una calle fría y desolada camina ella de pantalón azul. Es tarde y la noche está oscura. Le tiene miedo a los ladrones porque nunca la han robado y no sabe cómo va a reaccionar el día que le pase. Siempre piensa que los ladrones son seres humanos al fin y al cabo, y que le encantaría poder hablar con ellos mientras ejecutan el atraco. No le importa que le roben la plata, pues procura no guardar mucha en la billetera de rayitas que siempre carga. A ella le da pereza que le roben los papeles, algún cuaderno con notas importantes o algo con valor sentimental como esas foticos de gente que quiere, que guardaba en una pequeña bolsa de plástico y que ahora duermen en el primer cajón de su mesa de noche, justo al lado de ese fantasmita blanco. Era muy arriesgado cargarlas en la billetera. Pero hoy, ella no le tiene miedo a los ladrones. Hoy está con Calamaro. Así que se suelta el pelo para disfrutar del viento caleño, y aunque no deja de caminar rápido como una loca (como lo hacía su mamá con esas piernas perfectas), canta en voz alta, porque todo está tan solo, que sólo los árboles podrían escucharla.

Y entonces recuerda a la mona a la que le cantaba "...Y vos estás tan blanca...", mientras invoca un bar sin documentos y con mucha cerveza, una niña pequeña pintando cartas sin marcar, un grupo de sudacas mechudos cantando "Mi enfermedad" mientras las niñas saltaban; una princesa que tarareaba "Alfonsina y el mar", y una hermana que se enloquecía con "Para no olvidar", e intentaba bailar flamenco. Así que camina y se transporta. Y sueña con un salón de locos donde cantaban "Mucho mejor" a todo pulmón, una flaca de 11 años con un vestido café, la morena que soñaba con ir al mar y bailar milonga, el que sin querer siempre la estaba atrapando otra vez, y finalmente, cómo a ella le encantan las dulces condenas.

Su pelo danza en el viento y el camino llega a su fin. Ella quiere seguir caminando, ella quiere seguir cantando. Ella quiere seguir soñando con lo que ya no es y con lo que será.

"...Te extraño cuando llega la noche, pero te odio de día. Después me subo a tu coche, y dejo pasar, y dejo pasar la vida. Debería dejarte, irme lejos no volver, pero es inútil negarlo, tú me estás atrapando otra vez. Contigo sólo puedo perder..."
A.C