“¡¿Q’iubo perro doble hijueputa, es que no va a abrir bien los pies o qué?!”. Esas fueron las palabras que marcaron el inicio de mi odio en esta noche. Qué tal este baboso mal hablado. Maldito ignorante que le tocó ser la sirvienta ?con el perdón de todas las mujeres que realizan esta labor? de las Fuerzas Armadas nacionales. Abrí las piernas para la requisa y pensé, ahora que está ahí abajo este tombo triple hijo de puta, cómo sería de bueno dale una paliza bien brutal.
Carlos, Juan y Mateo espiaban a los vecinos recién casados del primer piso. La fascinación de ver una pareja follar con amor y desenfreno, era algo que para estos jóvenes púberes ameritaba pasar una noche en vela. “¡Oigan muchachos, quítense de esa ventana y vayan para sus casas!”, les gritó el portero de la unidad residencial. Una orden que él debía cumplir a petición de los recién casados, pero que gustosamente omitiría por acompañarlos a ver. Sin embargo siempre fue así, él gritaba y ellos corrían muertos de la risa.
En la fila había ciento veintisiete jóvenes a punto de graduarse. Todos estaban uniformados y con el rostro feliz. Juan estaba en la primera fila, ansioso y emocionado por los honores con que se graduaría. Dos reconocimientos a su excelente rendimiento. Dos condecoraciones que lo harían partir ese mismo día hacia el campo de acción, con su primera misión a cargo. La ceremonia comenzó, el desfile de verdes aguacates era sincronizado y monótono como lo sería la vida que les esperaba.
La estabilidad del automóvil, el radio a todo volumen y la marihuana en sus cabezas, eran la mezcla ideal para viajar sin rumbo por las carreteras en las afueras de la ciudad. Mateo y Carlos iban sin destino, sintiendo el aire seco de la madrugada en este valle simple que les produce serenidad. Se detuvieron a observar la luna y a fumar un poco. El instante era estático, como una foto que recoge la historia de un paseo. Pero de un momento a otro, el espacio se pobló de policías militares que amenazaban la paz de Carlos y Mateo. Todos tenían el arma cargada y apuntándoles, como en cualquier operativo contraguerrilla en el monte. “¡Bueno maricones, las manos a la nuca y párensen al lado del carro!” gritó sin dejar de apuntarlos el que parecía estar al mando. Mateo siguió al pie de la letra lo dicho por aquel joven uniformado. Carlos por su parte, no obedeció y miró con desprecio a los soldados. Entre dientes sugirió que él no iba a cooperar porque no era ningún delincuente y además no estaban haciendo nada malo.
“¡Q’iubo hijueputa, hacete al lado del carro, si no querés que te llene de plomo aquí!”. Y qué más podía hacer que no fuera obedecer, ellos tiene el poder, son los que cuidan el pueblo y además están armados.
Termina la requisa. ¿Qué sigue ahora? ¿Que les demos plata o qué, maricones? Ninguno ha dejado de apuntar con esos fierros. Este tombo marica no deja de preguntarme por mis ojos y los datos del dueño del carro. “Sabe qué mi dragoneante ?le dije? no me joda más. Sigan para donde iban, que aquí no estamos haciendo nada malo”. Volteo para subirme al carro y en seguida, siento un fuerte golpe en mi cabeza que me derriba al piso. La bota me oprime el cráneo contra el suelo y me hace tragar tierra. Ahora sí que le voy a dar una paliza a este imbécil. Con fuerza bruta y sin pensar, quito el pie de mi cabeza, pateo fuertemente sus güevas y en el piso lo agarro a golpes. Es un instante único. Nunca había sentido tanta felicidad. Es justicia pura. Equidad hermosa, seguida del sonido de un estallido proveniente del suelo, que me quita las fuerzas de la Justicia.
Comenzó muy bien el primer día como profesional; un muerto en legítima defensa. Juan tendrá otra condecoración y un rápido ascenso.














ke mierda no lo lei pero me parecio una mierda